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Carlos II de Navarra


Carlos II de Navarra


Carlos II de Navarra (Évreux, 10 de octubre de 1332-Pamplona, 1 de enero de 1387)[1]​ conocido también como Carlos II de Évreux o, más posteriormente a su época, calificado como Carlos el Malo, fue rey de Navarra (6 de octubre de 1349-1 de enero de 1387), conde de Évreux (23 de septiembre de 1343-1378 —fecha de incautación del condado por el rey Carlos V de Francia—) y señor de Montpellier (1365-1387). Era hijo de Felipe de Évreux, III de Navarra, y de Juana II de Navarra, hija del rey de Francia y de Navarra, Luis X el Hutin. Estuvo casado con Juana de Valois, hija y hermana de los reyes de Francia Juan II y Carlos V respectivamente.

Introducción: Europa y Navarra a mediados del siglo XIV

Al nivel y dentro de la historia de Navarra, especialmente en su configuración como reino, «el siglo XIV, particularmente en el período comprendido entre 1328 y 1404, puede considerarse sin ningún género de dudas como la época de mayor proyección internacional del reino navarro.»[2]​ En este contexto histórico «tanto diplomática como militarmente, el peso, relevancia y capacidad de influencia del pequeño reino pirenaico serán patentes y manifiestos en buena parte de Europa a lo largo de la centuria. Pero probablemente la presencia de contingentes armados navarros a lo largo y ancho de la geografía europea sea uno de los símbolos más palmarios de esta relevancia internacional, con tropas que, procedentes del reino, operarán desde las costas normandas del Canal de La Mancha hasta los campos de Algeciras, y desde Murviedro hasta la costa albanesa y la península del Peloponeso, de manera más o menos estable según las ocasiones y jugando, en todo caso, un papel clave en los conflictos europeos de manera especialmente activa en la segunda mitad del siglo XIV.»[3]

Cambios dinásticos en Francia y en Navarra: derechos al trono

El 1 de febrero de 1328 tanto el trono francés como el navarro, unidos bajo la misma autoridad, se hallaban vacíos. La muerte de Luis X de Francia, I de Navarra (1316) dejaba un efímero heredero, Juan I de Francia y de Navarra, que en pocos días también desaparecía. Desde Hugo Capeto, en el 987, se había planteado un problema sucesorio similar. A pesar de que Luis tuvo otro descendiente, Juana II de Navarra, ninguno de sus hermanos, Felipe V de Francia y II de Navarra (1316-1322) y Carlos IV de Francia y I de Navarra (1322-1328), cedieron el paso al trono a su sobrina y se sucedieron en el mismo.[4]​ Al morir ambos sin descendientes varones se extinguía la línea masculina de la dinastía capeta. Por ello se abría una crisis sucesoria inédita hasta la fecha y que, a la larga, las distintas soluciones aplicadas serían razones de fondo para alimentar el conflicto de la Guerra de los Cien Años que sumiría a media Europa occidental en un siglo de guerras. Esta situación belicosa se verá acompañada de epidemias, crisis alimentarias, etc. que servirán, al mismo tiempo, para retroalimentar la situación.[5]​ Además, esta cuestión sucesoria no afectaba solamente a los reinos de Francia o de Navarra sino que también incumbía al reino de Inglaterra, con importantes posesiones continentales, y al ducado de Borgoña.

El historiador español, José María Lacarra, en 1972 explicaba esta situación así:

En este párrafo, y siguientes, de su libro Historia política del Reino de Navarra hace mención alguna a la existencia de una ley sálica en este momento de la historia de Francia. En realidad será unos años más tarde, en 1358, cuando sea «invocada expresamente para justificar el despojo de Juana» de igual modo que se apelaría más tarde su bastardía recordando el escándalo de la torre de Nesle. Pero Juana había nacido varios años antes de aquellos hechos.[6]

Tratado de Vincennes (17 de julio de 1316)

Recién fallecido Luis X, su esposa Clemencia de Hungría estaba encita y cabía la posiblidad del nacimiento de un varón heredero. Con todo, a pesar de esa posibilidad, en Vincennes, el 17 de julio de 1316, Eudes IV, duque de Borgoña, en nombre de su madre, Inés de Francia, duquesa de Borgoña, su sobrina, Juana II de Navarra, que apenas tenía cinco años, y en su nombre, firma un tratado con Felipe V nombrando a este regente del reino, con unos términos según los cuales Juana heredaría, tan pronto como fuera mayor de edad para contraer matrimonio, el reino de Navarra y los condados de Champaña y Brie, a condición de que renunciara al resto del reino de Francia y a los derechos de sucesión de su padre.[7]​ Cuando en noviembre Clemencia dio a luz un hijo, Juan I, rápidamente fue proclamado rey aunque murió cinco días después. Aunque «Juana debería haber heredado entonces el reino de Francia, el conde de Poitiers, Felipe, tuvo más apoyo político y se hizo proclamar rey. Entonces comenzó el interludio de los Reyes Malditos[6]

Otros candidatos

La cuestión radicaba en saber si la corona se trasmitía sólo por línea de varón, o si las hijas, en caso de tener hijos varones, podían tras­mitir a éstos unos derechos que ellas no estaban en condiciones de ejerci­tar. En este caso había tres candidatos: Eduardo III de Inglaterra, como nieto de Felipe IV de Francia (su madre era hija del monarca); el conde Felipe de Valois y el conde Felipe de Evreux, ambos nietos por línea paterna de Felipe III de Francia.[8]

Si se aceptaba la trasmisión de derechos por vía femenina, el heredero era el rey de Inglaterra; si sólo se aceptaba la vía masculina, el heredero legítimo era Felipe VI de Valois, como descendiente de un hermano mayor. Felipe de  Evreux, el tercer pretendiente, descendía de un hermano menor aunque podía alegar en su favor estaba casado con la hija de Luis X, Juana II de Navarra, por lo que sus vínculos con la línea dinástica principal de los Capetos eran dobles. Incluso cabía una tercera opción caso de aceptarse la sucesión femenina: todavía estaba Juana, hija mayor de Felipe V de Francia, casada con Eudes IV, duque de Borgoña.[8]

Como el duque de Borgoña, Eudes IV, apoyaba decididamente los derechos de Juana II de Navarra, concluyó el 27 de marzo de 1317 un nuevo tratado con Felipe V en el que se concertó el matrimonio de Felipe de Évreux con ella. El matrimonio se celebró el 18 de junio de 1318 cuando Felipe tenía doce años y Juana tan sólo nueve años.[6]

Todo esta maraña de linajes y derechos dinásticos serán fundamentales en el futuro devenir de los acontecimientos y ayudan a explicar idas y venidas de alianzas entre los distintos protagonistas, en especial de Carlos de Evreux-Navarra, futuro conde y rey, que describía así su prestigiosa ascendencia:[9]

Hambre, peste e impuestos

A mediados del siglo XIV Navarra era un reino de poco más de 12 000 km2,[10]​ que basaba su riqueza en la producción de metales (cobre, plomo).[11][12]​En 1347 una crisis de subsistencias azotó el reino;[13]​«los años previos había llovido en exceso y las cosechas eran escasas.»[14]​ Al año siguiente, en 1348, era la peste negra,[15]​ «que despobló las naciones» la que azotó fuertemente en Europa donde había producido una gran mortandad. Una de las víctimas fue la propia reina de Navarra, Juana II, que, residente entonces en Conflans, fallecía el 6 de octubre de 1349.[16]​ En Navarra no fue una excepción. Hacia esas fechas se habían contabilizado unos 40 000 fuegos (hogares,[17][18]​ es decir, una población estimada de unos 280 000 habitantes); «en unos meses la peste acabó con 140 000 personas, la mitad del reino.[14]​ En algunas merindades (Estella, Tudela) las estimaciones apunta a dos tercios de la población. Los últimos coletazos se fechan en 1350.[13]​ Por esta razón a muchos pueblos se les condonaba la pecha anual o había que rebajarla. En circunstancias normales, la cuarta parte del presupuesto son gastos de guerra (caballerías, gajes a los sargentos de armas, alcaides y mesnadas, reparación de castillos.[19]​ Pocos años antes, el 26 de septiembre de 1343, había fallecido el rey consorte, Felipe III, en Jerez de la Frontera, durante el sitio de Algeciras.[20]

Con todo, el aparato administrativo implantado en Navarra por la Casa de Evreux, «para aumentar la capacidad recaudadora de la hacienda», se dejaba notar en los registros archivísticos del reino: «Con el siglo XIV, la documentación medieval navarra de valor estadístico entra en su época de mayor esplendor.» Con todo, hasta la segunda mitad del siglo la información recopilada no abarcará a todo el territorio aún.[21]

La situación política interna navarra

En lo referente a aspectos políticos del orden interno propio de Navarra, las «buenas villas», «aquellas con derecho a asistir a las Cortes y a los actos de coronación y jura de los reyes» se consolidan durante el reinado de Juana II y Felipe III gracias a la determinación de los Evreux de incorporar a las reuniones a sus representantes.[22]​ Por contra, las juntas de infanzones, de la pequeña aristocracia, sufren una merma de su representatividad: «procuradores de las juntas de Miluce (comarca de Pamplona), la Ribera, Irache (merindad de Estella) y Obanos (Valdizarbe) habían discutido con barones, caballeros, francos y eclesiásticos sobre el futuro institucional de Navarra.» Paradójicamente «habían participado activamente en el proceso que había llevado al trono a los condes de Evreux» pero en esa alta actividad estaba el riesgo que percibían los miembros de la alta nobleza y del alto clero que no estaban dispuestos a prestarles de nuevo su apoyo ante «las posturas reivindicativas de los infazones, a menudo dirigidas contra ellos». En febrero de 1329, en la asamblea celebrada en Larrasoaña, contra lo esperado por ellos, no fueron invitadas las juntas. Más aún, «Felipe III decretó la inmediata disolución de las juntas y la prohibición tajante de que volvieran a reunirse.» Aunque como hidalgos conservaron sus prerrogativas jurídicas en tanto que eran miembros de la nobleza, «sus aspiraciones políticas quedaron yuguladas en flor.»[23]​ Este asunto, que parecía zanjado, resurgirá con la llegada del nuevo monarca, cuando intente recuperar su espacio protagónico en la política del reino, y el hijo de Juana y Felipe, quizá advertido de ello, muestre su autoridad dramáticamente en los inicios de su reinado.[24]

La situación y derechos dinásticos de Carlos de Navarra

Nacido del matrimonio entre Felipe III y Juana II, era por vía materna nieto del rey de Francia, Luis X el Hutin (1314-1316) y por vía paterna bisnieto de Felipe III de Francia. La exclusión de Juana —única descendiente directa de Luis X— de la sucesión real, amparada en la aplicación de ley sálica,[25]​ le cerró las puertas del trono de Francia, que será ocupado por sus tíos Felipe V el Luengo (1316-1322) y Carlos IV el Calvo (1322-1328), mientras que su tardío nacimiento (1332) le impidió reclamar una corona que a la muerte de Carlos IV (1328) pasará a Felipe de Valois, primo del monarca. Felipe de Evreux y Juana, tras pactar con Felipe VI, renunciaron a sus derechos al trono francés y a los condados de Champaña y Bría, recibiendo en cambio el condado de Angulema y los condados de Mortain y Longueville.[26]​ Este acuerdo no fue cumplido exactamente. El heredero de Felipe VI, Juan II, tampoco lo hará ni compensará legítimamente al heredero de Juana II de Navarra, Carlos. A ello hay que añadir que, aunque sus padres hubieran renunciado antes de su nacimiento, Carlos consideraba que era un derecho que sólo le pertenecía a él y consideraba que tenía títulos para mantener tal aspiración al trono.[27]

Con todo, una hermana de estos tres reyes, Isabel de Francia, que era la única hija superviviente del matrimonio entre Felipe IV y Juana I de Navarra, había casado con el rey Eduardo II de Inglaterra. El hijo de ambos, coronado como Eduardo III de Inglaterra, motivó la Guerra de los Cien Años cuando se negó a reconocer como rey de Francia a Felipe VI de Valois, sobrino de Felipe IV el Hermoso.[28]

No obstante, los primeros Valois reinarán en una etapa marcada por crisis económicas, políticas y sociales, agravadas por el estallido de la Guerra de los Cien Años en la que la superioridad táctica inglesa conducirá a graves derrotas[a]​ que desacreditaron enormemente a la nueva dinastía. Carlos aprovechó el descontento popular para reclamar sus derechos al trono, ambición a la que no renunciará en vida, alimentando de manera constante la inestabilidad de la monarquía.

La política de alianzas navarra varió considerablemente durante su reinado: aliado en un principio con el delfín Carlos —futuro Carlos V— se asoció luego con los ingleses y con Étienne Marcel, para acabar combatiendo a los jacques.

En 1361 fracasó en su intento de obtener el ducado de Borgoña, confiado a Felipe II de Borgoña, hijo menor de Juan II de Francia. Empecinado en sus planes, aprovechó la muerte del rey en 1364 para reclutar tropas con las que impedir la coronación del delfín Carlos. No obstante, tras la derrota anglonavarra en Cocherel[29]​ volvió a centrarse en los asuntos españoles. Conspiró con Juan de Gante, pero al ser descubierto inició una etapa marcada por el aislamiento político y diplomático que continuó hasta su muerte.

MAPoleon

Nacimiento e infancia

Carlos de Navarra nació el 10 de agosto[9][30]​ o el 10 de octubre de 1332. Posiblemente naciera en el palacio de Saint-Germain-lès-Evreux, situado a dos km al suroeste de la catedral de Evreux, que su madre mandó construir en 1330. Sus padres había sido coronados reyes de Navarra el 5 de marzo de 1329 en la catedral de Pamplona por el obispo Arnaldo de Barbazán. Será este mismo obispo quien corone, 21 años más tarde, a Carlos.[9]

Según apuntan algunos autores «criado en el entorno parisino, en el mismo corazón cultural de momento, desde joven apuntó una personalidad vigorosa, inclinada hacia las artes y las letras, quizá truncada en estas manifestaciones por los condicionantes que marcaron su trayectoria vital.»[31]​A pesar de las sombras arrojadas sobre su figura por la historiografía póstuma, unas «palabras explícitas describen sus inclinaciones intelectuales («vit plusieurs choses en science et ama les hommes estudians»). Dos de las grandes obras de música aparecidas en su época «y la poesía del momento le fueron dedicadas por su insigne protegido Guillaume de Machaut.[31]

Un monje de Saint-Denis coetáneo lo describe así:[30][32][33]

En ese momento Felipe VI llevaba ya cuatro años en el trono de Francia y era demasiado tarde para disputarle la corona. A la muerte de su madre Juana II en 1349, Carlos se convertía en rey de Navarra.

Inicio del reinado (1350-1351)

Coronación en Pamplona

En la primavera de 1350 llegó por primera vez a Navarra. En ausencia de la reina Juana II, el reino estuvo administrado por el gobernador francés, Juan de Conflans. El 27 de junio de 1350 Carlos era coronado en la Catedral de Pamplona con la asistencia de los obispos de Pamplona, Tarazona, Bayona y Olorón, además de abades, nobles y representantes de las buenas villas. El ritual comenzó con la tradicional jura de los fueros tras la lectura del capítulo I del Fuero General. Tras ello recibía el besamanos de juramento de los ricoshombres, se ceñía la espada y era alzado sobre el pavés mientras esparcía monedas. Acto seguido, en el altar, era ungido y, tomando la corona, él mismo se la ceñía en la cabeza, mientras agarraba el cetro. A continuación se oficiaba una misa presidida por el obispo de Pamplona.[34][35]

Asentamiento del orden interno

Tras las fiestas de su coronación, Carlos abrió audiencia en su corte de Pamplona a fin de oír todas las quejas que le quisieran formular sobre sus oficiales. Un portero, «que usaba mal de su oficio», fue azotado en público durante tres días; el merino de Tudela, Hugues de Brion, fue juzgado y anegado, para servir de ejemplo.[24]​ Parece claro que, puestas sus miras en Francia, el rey de Navarra «estaba decidido a asegurar a toda costa la tranquilidad de sus fronteras peninsulares.»[36]

En esta línea de acción, como explica José María Lacarra, «confirmó o renovó las concesiones de mesnadas y de caballerías hechas hasta entonces, así como la guarda de los castillos, inventariando su contenido y comprobando la residencia efectiva de las personas a quienes se confiaban; el tesorero Gui­llén de Soterel fue sustituido por Guillén Auvre, abad de Andosilla.»[36]

Preparando las bases de sus proyectos exteriores

Algu­nos escuderos de Guipúzcoa — Lope García de Murua, señor de Lazcano, Martín López de Murua, Martín Gil de Oñaz y Ochoa Martínez de Blastegui— , «recibieron acos­tamientos y entraron en su vasallaje, con lo que, si no suprimió el bandi­daje en esta frontera» que durante la primera mitad del siglo supuso un grave quebranto para Navarra, sí lograría «una pacificación relativa».[19]​ Esta era un práctica habitual empleada por reyes y señores. Además, al mismo tiempo, como se demostró tres años después, «pudo contar con sus gentes para engrosar las compañías de navarros que tan útiles habían de serle en Normandía.» No tardarían mucho en sumarse otros como sucederá en 1364 cuando Pedro López de Urquiola, junto a varios gentiles hombres guipuzcoanos también le rindan vasallaje al rey de Navarra y se unan a la expedición de Martín Enríquez de Lacarra.»[37]

También el monarca «cuidó de mejorar las for­tificaciones de Echarri-Aranaz.»[36]

La justicia de Miluce (1351)

Junto al espíritu de justicia del monarca se manifestó un determinante deseo de reforma junto a su empeño a gobernar por sí mismo.[24]

  • Exigió de las Cortes de Estella el monedaje, una «ayuda» concedida de acuerdo con el Fuero para hacer acuñar moneda nueva. Los francos, ruanos y labradores tenían que pagar 8 sueldos por fuego, estando exentos nobles, hidalgos y clérigos. La moneda acuñada era de tan baja de ley, que estableció su circulación forzosamente. Este impuesto era muy impopular y provocó resistencias.
  • Mandó reformadores a Ultrapuertos, el territorio del reino con una agitación continua donde las disputas de los Luxa y Agramont eran incesantes.
  • Publicó ciertas ordenanzas sobre los pleitos.
  • Reorganizó el servicio de porteros.
  • A petición de las Cortes, fijó la tasa de los salarios de obreros y jornaleros.
  • Hizo revisar las listas de quienes disfrutaban en la Tesorería de mesnadas y caballerías, reduciendo así las cargas del presupuesto a la vez que rechazaba a los inútiles.
  • Obligó a todos los alcaldes a morar personalmente en los castillos que tenían a su guarda.
  • Tras el incidente de Miluce, prohibió en el reino toda junta o cofradía que no tuviese carácter religioso o fines caritativos. 

Un incidente que, sofocado a tiempo y aunque «pudo revestir mayor gravedad,» sirvió para asentar «el carácter autoritario de la monarquía, a la vez que aseguraba la tranquilidad en el interior del reino» y enviaba un aviso a propios y extraños sobre su determinación como gobernante. Tras las nuevas reformas se dieron altercados en la cuenca de Pamplona donde, a imitación de las juntas de infanzones o hidalgos, se agruparon labradores y se reunieron en Miluce. Antes de que el movimiento tomara dimensiones mayores Carlos detuvo a ocho cabecillas de la junta; «cuatro de ellos fueron colgados de unas horcas preparadas con gran secreto en los prados de Miluce; otros cuatro fueron llevados a Pamplona y ahorcados en un tablado levantado en el mismo mercado de la ciudad, para que sirviera de escarmiento a los vecinos; el sozmerino de la Cuenca fue condenado a ser despeñado y el de Val de Araquil fue ahorcado.» Tras ello, el rey procuró que se pregonara la noticia de las ejecuciones por todo el reino para disuadir la reunión de futuras juntas.[38][24]

Luis, lugarteniente de Navarra

Instruido en el arte de gobernar por los señores navarros de Pamplona, su dominio del romance navarro le permitió demostrar su talento oratorio en las disputas verbales de las Cortes de Navarra cuyo creciente poder permitió a Navarra adelantar a Francia en términos de representación parlamentaria. Habituado a estas instituciones, se convertirá en uno de los más importantes valedores de la reforma de la monarquía francesa. Tras la muerte de Felipe VI (22 de agosto de 1350) delegó los asuntos de gobierno en su hermano Luis de Navarra (1355) y se consagró plenamente a resolver las cuestiones pendientes con la monarquía francesa defensa de los intereses navarros.

Navarra contra Melun-Tancarville

Disputa de la corona de Francia

La guerra de los Cien Años conoció un periodo de paz tras la peste de 1349. La primera parte de la guerra respondió en gran medida a los intereses ingleses merced a las victorias de Eduardo III en L'Écluse y Crécy y a la posterior toma de Calais. En este contexto el poder de los Valois era ampliamente cuestionado: Eduardo III y Carlos, ambos descendientes de Felipe IV por vía materna, podían reclamar la corona que la madre de Carlos –Juana II de Navarra– había debido heredar tras la muerte de su padre Luis X. Como se ha dicho anteriormente, tras la desaparición de la rama masculina de los capetos (1328) Felipe VI, el primer Valois, accedió al trono en vez de Juana II, la heredera directa, que recibió en compensación el reino de Navarra; cuando Juana dio a luz a Carlos (1332) se rechazó concederle el título real de príncipe haciendo valer la ley sálica. A la muerte de Felipe VI, Juan II convocó a las Cortes para que le coronaran rápidamente y evitar así una nueva lucha dinástica. Una semana después de la coronación, una escuadra comandada por Carlos de la Cerda interceptó a Eduardo III –sospechoso de querer ir a Reims para ser coronado rey de Francia– en Winchelsea. La batalla naval desembocó en una pírrica victoria inglesa, cuyas pérdidas le impidieron oponerse a la coronación de Juan II.[39]

El partido navarro

Tras la coronación de Juan II (1350) ya nadie pudo reivindicar el reino de Francia. A partir de ese momento Carlos dedicará todo su empeño en recuperar los territorios de Brie y Champaña, que le correspondían por derecho.

Carlos encontrará a sus más leales partidarios en el seno de su propia familia: era el líder de los poderosos Évreux, propietarios de ricos territorios en Normandía y en el valle del Sena. Su tía materna, la reina Juana de Évreux, viuda del último capeto directo –Carlos IV– será uno de sus principales apoyos y durante toda su vida hará de diplomática apaciguando a Juan II y Carlos V, irritados por los repetidos complots de su sobrino. Su hermano Felipe, un hombre colérico e impulsivo, será el responsable de las negociaciones con los ingleses, mientras que su otro hermano, Luis, estará al mando de la administración navarra. Sus padres llevaron una activa política matrimonial casando a sus hermanas con poderosos partidos: Blanca contraerá matrimonio con el rey de Francia Felipe VI, María con el rey de Aragón, e Inés con el conde de Foix, Gastón Febo.

Supo reunir en torno a él a todos los descontentos con el reinado de los primeros Valois. Contaba con el apoyo de sus parientes y aliados: los condes de Boulogne –el conde, el cardenal, sus dos hermanos, y su pariente de Auvernia, que en 1350 serán expulsados de la administración de Borgoña por el matrimonio de su hermana con Juan II–[40]​ los barones de Champaña leales a Juana II, madre de Carlos y última condesa de Champaña[41]​, y los partidarios de Roberto de Artois, desterrado por Felipe VI. Contaba además con el apoyo de la poderosa Universidad de París y con el de los comerciantes de la parte nororiental del reino, para los que el comercio a través del Canal de la Mancha era de vital importancia.[42]

Cabe destacar que una notable parte de la nobleza normanda se inclinaba por apoyar a los ingleses. Económicamente, Normandía dependía tanto de los intercambios marítimos a través de la Mancha como de los realizados por el Sena. De hecho, únicamente hacía aproximadamente 150 años que el ducado había pasado a pertenecer a Francia y muchos de los nobles del territorio tenían tierras a ambos lados del Canal.[43]​ Por tanto, el ser partidario de uno u otro soberano acarreaba la confiscación de una parte de las tierras. En consecuencia, la nobleza normanda se unió en clanes solidarios cuyo poder les permitió obtener y mantener las cartas que concedían al ducado considerable autonomía. Raúl de Brienne es un indicio de esta autonomía: llevó a cabo una política exterior independiente y lideró las tropas reales en Escocia (1335) en calidad de capitán general contratado, no teniendo que responder ante el rey. La nobleza normanda estaba dividida en dos desde hacía mucho tiempo, pues los condes de Tancarville y Harcourt libraban una guerra sin cuartel desde hacía varias generaciones.[44]​ Los reyes de Francia apoyaron durante mucho tiempo a los condes de Tancarville, a los que nombraron chambelanes de Hacienda. Este cargo impartía justicia de manera independiente, por lo que equivalía prácticamente a ser duque de Normandía.

No obstante, Felipe VI tendrá que tratar con los Harcourt, pues una posible declaración de lealtad por parte de los señores normandos a Eduardo III constituiría una notable amenaza para los Valois. El monarca incluso nombró a Godofredo de Harcourt capitán soberano en Normandía.[45]​ Por esa época el vizconde Juan II de Melun desposó a Juana, única heredera del condado de Tancarville –con los que Juan II estableció estrechos vínculos durante su ducado.[46]​ En este contexto los Melun-Tancarville pasaron a constituir la columna vertebral del partido realista, mientras que Harcourt se convertirá en el defensor histórico de las libertades normandas y uno de los hombres más importantes del partido reformador. El ambiente político comportará un acercamiento entre este último y Carlos de Navarra, líder de los reformistas.[45]

El 19 de noviembre de 1350 Juan II ordenó eliminar a Raúl de Brienne, que acababa de volver de su cautiverio en Inglaterra. Desconocemos las causas de la orden del monarca, pero parece ser que le condenaron por alta traición. Raúl era un caballero cuyos dominios estaban repartidos en varios reinos –Francia, Inglaterra e Irlanda.[47]​ Al igual que todos los señores con posesiones en la costa occidental –excepto aquellos con territorios a orillas del Sena, que podía comerciar cómodamente con París– le interesaba apoyar a Inglaterra por motivos económicos, pues el transporte marítimo era superior al terrestre, por lo que el Canal de la Mancha era una importante zona de intercambios.[48]​ Raúl obtuvo su libertad después de reconocer a Eduardo III como rey de Francia, de lo que Juan II era consciente por la intercepción de correos destinados al soberano británico.[49]​ El rey no deseaba que esto se conociera dado que podía volver a reavivar la polémica relativa a los derechos de Eduardo sobre la corona de Francia.[49]​ En un solo día Raúl es detenido, sentenciado y decapitado, procediéndose a la incautación de sus bienes.[49]​ El desconocimiento de las razones que llevaron a esta rápida condena alimentaron los rumores: se decía que el condestable había sido sentenciado por mantener una relación con Bona de Luxemburgo, lo que permitió desacreditar a los próximos Valois mediante la insinuación de dudas sobre su herencia y legitimidad.[50]​ En ese momento numerosos partidarios de Raúl se pasaron al campo navarro:[51]​ en particular los señores normandos y la nobleza del noroeste –Picardía, Artois, Vermandois, Beauvaisis y Flandes, donde la economía dependía de la importación de lana inglesa– que podían aliarse con los ingleses, se sintieron amenazados y se unieron a Carlos de Navarra o a los hermanos Picquigny, leales aliados del condestable.[41]​ A raíz de la muerte de Raúl, Carlos escribió al duque de Lancaster: «todos los nobles de Normandia han pasado, conmigo, a estar muertos en vida».[41]

El partido del rey

Durante el reinado de Juan II los parientes del monarca detentaban el poder real, en detrimento del partido del navarro. El partido realista estaba estructurado en torno a los Melun-Tancarville: Juan II, vizconde de Melun, casado con Juana, única heredera del condado de Tancarville y líder de uno de los dos más importantes clanes normandos,[46]​ Benjamin Adam, que había recuperado el cargo de chambelán de Normandía, habitualmente otorgado a los Tancarville, y su hermano menor Guillermo, arzobispo de Sens.

En 1350 Juan II de Francia recuperó el apoyo de los herederos de Roberto III de Artois al ceder el condado de Eu a Juan de Artois, privado de los territorios paternos y encarcelado en Château-Gaillard con dos hermanos y su madre por la traición de Roberto. El rey había recuperado Eu tras la muerte del condestable Raúl de Brienne.[49]​ El clan Artois entró plenamente en la estirpe Melun-Tancarville con el matrimonio entre Juan e Isabel de Melun, cuyo padre era Juan de Melun, unión apoyada por los Borbones. No obstante, el hombre más importante del partido realista era Carlos de la Cerda, valido del monarca. En 1352 se casó con Margarita de Blois, nacida del matrimonio entre Juana de Penthièvre y Carlos de Blois –el candidato al trono de Bretaña– apoyado por el monarca de Francia, lo que le valió la lealtad de nobles bretones como Bertrand du Guesclin. También contará con la ayuda de su propio clan: el vizconde Juan de Melun, su padrastro, y la condesa de Alençon, María de la Cerda,[b]​ su prima, viuda de los condes Carlos de Étampes y de Carlos II de Alençon.[52]​ También contó con importantes partidarios entre los militares, entre los que destaca el mariscal Arnaldo de Audrehem. Esta hábil política matrimonial posibilitó al partido realista atraer a numerosos nobles vinculados a los Évreux-Navarra, debilitando así al poderoso partido navarro, cuyo creciente poder representaba una seria amenaza para los intereses del monarca.[52]

Como recompensa a sus servicios en numerosas misiones diplomáticas y mandos militares o navales, Carlos de la Cerda obtuvo del rey el condado de Angulema (1350) y el nombramiento como condestable (1351). Destacará en una brillante campaña en Poitou en la que tomó Saint-Jean-d'Angély.

Juan II trató de congraciarse con Carlos II de Navarra nombrándole, cuando solo contaba con 19 años, teniente general del Languedoc. Esta hábil maniobra le permitió tanto distanciarle de la corte –debía trasladarse a Toulouse– como evitar que el descontento se extendiera. Carlos cumplió adecuadamente en el cargo, pero no pudo reconquistar Montréal.[53]​ Tras solo cuatro meses retornó a París.

Matrimonio con Juana de Francia (1352)

En 1352 Juan II decidió tranquilizar a Carlos con respecto a su importancia en el reino concediéndole la mano de su hija menor Juana, de ocho años. El monarca creía que, convertido en el «hijo del rey», Carlos abandonaría sus pretensiones a la corona y controlaría sus estallidos contra los Valois. El asunto se solucionó rápidamente: el rey acortó la minoría de edad del monarca navarro, quien, aunque era consciente de que contraer matrimonio con Juana no le reportaría mucho políticamente, iba a recibir una enorme dote de 100 000 escudos, costeados en moneda real.[53]

Carlos vio en este matrimonio una oportunidad de hacer sombra al valido real, el condestable Carlos de la Cerda, al que el rey había concedido el condado de Angulema, prometido a los Évreux a cambio de Champaña y Brie en virtud de la renuncia de Juana de Navarra a la corona de Francia.[54]​ Tras darle muchas vueltas Carlos accedió en enero de 1353; no obstante, en virtud de un acuerdo entre Juana de Navarra y el rey de Francia, esta había cedido el condado de Angulema a cambio de las castellanías de Beaumont, Asnières-sur-Oise y Pontoise. Estas castellanías nunca serían entregadas y el condado de Angulema permaneció en manos de Carlos de la Cerda.[55]​ Contrariado, Carlos se rebeló y trasladó sus tropas a Normandía durante el verano de 1353: en Mantes, Meulan y Évreux, contaba con seiscientos soldados.[56]

Negociaciones de paz (1353)

Presionados por el papa Inocencio VI, Inglaterra, Francia y Bretaña alcanzaron un acuerdo de paz en la guerra de los Cien Años y la disputa del trono bretón. La guerra en Bretaña quedó equilibrada: la muerte de Juan de Montfort, apoyado por los ingleses, hizo que su heredero de tan solo cuatro años quedara como líder del partido; por otro lado, Carlos de Blois, sostenido por los franceses, estaba prisionero en Londres negociando su rescate. El 1 de marzo de 1353 Eduardo III y Juan II rubrican el Tratado de Westminster, por el que el primero reconocía a Carlos de Blois como duque de Bretaña a cambio de 300 000 escudos y un tratado de alianza perpetua con Inglaterra. Dicha alianza quedará sellada con el matrimonio entre Juan –heredero de Juan de Montfort– con María, nacida del matrimonio entre Eduardo III y Felipa de Henao.[57]​ Como los esposos eran primos, la unión requería de una dispensa canónica que el papa solo concedería con la aprobación del rey de Francia. Sin embargo, Carlos de la Cerda se había casado en marzo de 1352 con Margarita de Blois, hija de Carlos de Blois.[57]​ Carlos II de Navarra estuvo muy al tanto de las negociaciones: una paz anglo-francesa perjudicaría enormemente sus intereses, ya que, sin la amenaza de una alianza anglo-navarra, no tenía ninguna oportunidad de hacer valer sus pretensiones al condado de Champaña, ni, por supuesto, a la corona de Francia. En consecuencia, en enero de 1354, momento en que Carlos de la Cerda parte para Normandía,[58]​ Carlos decide dinamitar las negociaciones y capturar a Carlos de la Cerda para controlar el acuerdo.

Asesinato de Carlos de la Cerda (1354)

Carlos de la Cerda, conocido también como Carlos de España, como responsable de mantener a Carlos de Navarra excluido del consejo real, y por su compromiso con acabar con la red de alianzas del monarca, era uno de los mayores enemigos del partido navarro, que, quizá fueran los promotores de los rumores acerca de su vínculo con el rey a una presunta relación homosexual entre ambos.[59]

Cuando el rey de Francia concedió a su valido el condado de Angulema y el cargo de condestable,[60]​ Carlos de Navarra se vio totalmente apartado de los asuntos del reino y su resentimiento contra Juan II aumentó en tanto que el nuevo condestable era de más baja condición que él. A esto se unía el hecho de que el monarca no hubiera pagado aún la dote prometida antes de su matrimonio ni cedido las posesiones acordadas - castellanías de Beaumont y Pontoise.

En la primavera de 1353 Felipe, conde de Longueville —hermano de Carlos de Navarra— y el condestable se pelearon en los aposentos del rey. Felipe respondió a los insultos de Carlos[c]​ sacando su daga y amenazando al valido real, y solo se detuvo cuando Juan II le hizo recobrar la razón. El condestable abandonó la escena entre insultos y maldiciones.

Tras el incidente Felipe de Navarra se retiró a sus dominios en Normandía. El 8 de enero de 1354 le avisaron de que Carlos de España estaba en Normandía y que iba a pasar la noche en la posada conocida como «Truie-qui-File» (L'Aigle).[61]​ Felipe previno a su hermano y ambos rodearon el establecimiento para capturar al condestable; no obstante, la aventura devino una carnicería; Carlos de la Cerda, arrodillado y suplicando clemencia a los navarros, cayó muerto por la espada de Felipe de Navarra.[61]

Tratado de Mantes (1354)

Aunque Carlos de Navarra quería la captura del condestable, y no tanto su asesinato, no le quedó más remedio que asumir la responsabilidad por lo que había hecho su impulsivo hermano. Mientras Juan II de Francia permanecía en cama después de que se le comunicara la noticia, demostrando el poderoso vínculo existente entre ambos hombres, Carlos, como líder de Navarra, reivindicó el asesinato justificándolo como una cuestión de honor.[62]​Incluso así se lo confesó al papa Inocencio VI.[63]

Carlos de Navarra contó desde el principio con el apoyo de los señores normandos, que se unieron a él mientras reforzaban los castillos del territorio. Rápidamente envió a Brujas a Juan de Fricamps, apodado Friquet, para que reclutara soldados. El 10 de julio de 1354 la cancillería navarra envió correos solicitando ayuda militar a Eduardo de Woodstock, el «príncipe negro», a la reina Felipa de Henao y a Juan de Gante, futuro duque de Lancaster.[62]​ Aliado con los ingleses, Carlos tenía medios para obligar al rey de Francia a aceptar el asesinato de su valido. El 22 de febrero de 1354 Juan II de Francia tuvo que hacer concesiones en el Tratado de Mantes para evitar que se reanudara la guerra con los ingleses.[64]​ En virtud de este tratado, Carlos renunciaba a reclamar las castellanías de Asnières-sur-Oise, Pontoise y Beaumont a cambio de la obtención del condado de Beaumont-le-Roger,[64]​ los castillos de Breteuil, Conches y Pont-Audemer, la península de Cotentin con la villa de Cherburgo,[64]​ así como los vizcondados de Carentan, Coutances y Valognes (Normandía). Pudo recibir homenaje de los señores normandos que lo habían apoyado. Por otro lado, el tratado le daba permiso de celebrar una asamblea anual en la que podría impartir justicia sin que pudieran enviarse apelaciones al parlamento de París.[65]​ En resumen, era en todo el duque de Normandía excepto en el título. El asesinato de Carlos de La Cerda había demostrado el poder inherente a una alianza anglo-navarra, y, tanto la guerra de los Cien Años como la guerra de sucesión bretona continuaban sin resolver.

Como prueba de buena conducta Carlos tenía que presentarse en París para pedir perdón al rey. Luis, segundo hijo de Juan II, será entregado como rehén para garantizar la seguridad del monarca navarro. Este se presentó el 4 de marzo de 1354 en el palacio de la Cité, dónde pidió perdón sin mostrar arrepentimiento y sin reconocer culpa alguna.[66]

El duque de Láncaster podía considerarse burlado, pero los partidarios de Carlos volvían a detentar una importante posición en la asamblea real, y las negociaciones de Guînes evolucionaron muy favorablemente para los ingleses, que recibieron la soberanía sobre la Aquitania de los Plantagenet –aproximadamente un tercio del reino de Francia– y mantuvieron Calais a cambio de renunciar a la corona de Juan II. El 6 de abril de 1354 ambas partes rubricaron el acuerdo, precedente del tratado de Brétigny. El tratado de Guînes debía ser sancionado y solemnizado en otoño en Aviñón, por lo que Francia e Inglaterra concluyeron una tregua hasta el 1 de abril de 1355.[67]

Tentativa de asesinato de Carlos II y sus hermanos (1354)

En agosto de 1354 tuvo lugar una tentativa de asesinato del rey Carlos II según se menciona en dos crónicas de la época.[68]​ Aunque la Crónica de los cuatro primeros Valois la situa en octubre-noviembre, el historiador Bruno Ramírez de Palacios deduce, en base a la presencia del cardenal de Boulogne que abandona París a primeros de septiembre, los hechos tuvieron lugar en ese mes de agosto. Juan II había organizado una gran fiesta en su palacio de París a la que invitó a los tres hermanos Evreux-Navarra, Carlos, Felipe y Luis. Además había convocado el rey un consejo donde estaban presentes también Guy de Boulogne, el arzobispo de Ruan, Pierre de la Forêt, entonces canciller de Francia, además del conde de Eu, el conde de Tancarville y Jaime de Borbón, entre cuyas deliberaciones se habría decidido acabar con los tres hermanos esa misma tarde.[69]

Ignoraba el rey que en su consejo había informadores de Carlos II que, sin demora, le advirtieron de tales deliberaciones. Seguramente fue el cardenal de Boulogne quien alerto a los Navarra de que el rey estaba reuniendo tropas para esa velada. Carlos II, a raíz de los sucesos en L'Aigle donde asesinaron a Carlos de la Cerda, consideró seriamente la advertencia de que el rey francés buscaba la forma de eliminarle físicamente, fueron a su hotel, armaron a sus gentes y se prepararon para abandonar París.[69]

Juan II, advertido de que su plan había sido descubierto, trato de persuadir a Carlos II mediante la reina viuda Juana y Jaime de Borbón, pero el navarro, desconfiado de que el rey francés fuera a respetar el tratado de Mantes, mantuvo su determinación y los tres hermanos abandonaron París.[69]

Negociaciones en Aviñón (1354)

En noviembre de 1354 el papa invitó a Carlos a participar en las negociaciones de paz de Aviñón. Como se ha señalado anteriormente, el monarca navarro quería evitar a toda costa un acuerdo de paz anglo-francés, sobre todo si implicaba que Eduardo III renunciaba a la corona. Concluyó con Juan de Gante, duque de Lancaster y tercero de los herederos de Eduardo III, un pacto por el que se repartían Francia: Eduardo recibiría la corona de Francia pero cedería a Carlos Normandía, Champaña, Brie, Languedoc y algunas otras fortalezas.[70]​ No obstante, los ingleses, que desconfiaban del voluble Carlos, rechazaron alcanzar un acuerdo. Por otro lado Juan II no podía aceptar el tratado de Guînes y rechazó confirmar el de Aviñón.

Tratado de Valognes (1355)

Tras el acuerdo alcanzado en Mantes Carlos II se había presentado ante Juan II en el Parlamento de París (4 de marzo de 1354) buscando el perdón «para él, sus hermanos y cómplices de la muerte del condestable» Carlos de España.[71]

Seis meses después de su firma, «nadie se cuidaba dar cumplimiento al Tratado de Mantes» y personas cercanas al rey de Navarra «presentaron una reclamación al Consejo del rey francés para que tuviera efectividad.» (París, 17 de agosto de 1754).[72]

Lejos de diluirse el resentimiento mutuo entre ambos monarcas los acontecimientos fueron tensando la relación y «movieron a Carlos II a ausentarse en secreto de Normandía y a presentarse en Aviñón, donde en el mes de noviembre se celebraban conferencias para poner fin a la lucha franco-inglesa.» Hay constancia de que mantuvo contactos con los cardenales de Ostia y de Bolonia así como con el duque de Láncaster que, además, disponía de «plenos poderes para concretar una alianza con él.» Tras su paso por Aviñón Carlos II puso rumbo a Pamplona aprovechando Juan II tal ausencia «para apoderarse de todas las tierras del rey de Nava­rra, salvo seis plazas fuertes donde había guarnición de navarros — Evreux, Pont-Audemer, Cherburgo, Gavray, Avianches y Mortain— los cuales res­pondieron que sólo las entregarían a su rey.»[73]

La respuesta del rey navarro no se demoró y en la primavera de 1355 recluta tropas en Navarra y fleta naves en Fuenterrabia y otros puertos, «haciendo gran acopio de víveres y armas.» Finalmente el embarque se realiza desde Bayona, entonces bajo control inglés, «desembarcando en Cherburgo a principios de agosto.» El rey inglés, Eduardo III mantenía dos escuadras en el Támesis, bajo el mando del Príncipe de Gales y del duque de Láncaster, dispuestas a intervenir si así lo solicitaba Carlos II que en persona mandaba la expedición navarra compuesta de 2.000 hombres. Estas maniobras terminaron teniendo «el carácter intimidatorio deseado» y empujaron al monarca francés el envío de tropas de contención ante la amenaza inglesa al mismo tiempo que «parlamentarios para negociar con el rey de Navarra.»[74]

Juan II de Francia cedió una vez más a las instancias de las reinas Juana de Evreux y Blanca, tía y hermana de Carlos II, del papa, de la nobleza, del pueblo y hasta de sus consejeros que reclamaban paz con el navarro, y se llegó al Tratado de Valognes.

En efecto, Carlos II de Navarra se quejó del maltrato recibido de Juan II de Francia. El rey de Navarra logra el amparo del papa Inocencio VI y del Consejo Real, que pedía clemencia para el rey navarro. El rey francés desconfiaba de los ingleses, pero, a pesar de todo, Juan II de Francia aceptó, a regañadientes, tratar con su yerno, el rey de Navarra.

El tratado fue firmado en Valognes el 10 de septiembre de 1355 y confirmaba lo estipulado en el Tratado de Mantes. Además, el rey de Francia devolvió todas las plazas de Normandía así como sus privilegios a Carlos II de Navarra. Con su cambio de actitud, el rey de Navarra canceló los planes que Eduardo III de Inglaterra había hecho para el futuro.[75]

El banquete de Ruan (1356)

Arrestos

Juan II, advertido en diciembre de 1355 del complot para dividir el país urdido por Carlos y Juan de Gante en Aviñón, decidió poner coto a los actos del navarro. Para tranquilizar a su hijo, el delfín Carlos, que le había desvelado los planes en los cuales había participado, le nombra duque de Normadía. Para celebrarlo el 5 de abril de 1356, invitó a su castillo en Ruan a toda la nobleza de la provincia, empezando por el conde de Évreux, Carlos de Navarra, junto a una cuarentena de invitados, entre otros, el conde Juan de Harcourt y sus hermanos, Luis y Guillermo de Harcourt, Jean Malet de Graville, los señores de Preaux y de Clere, Friquet de Fricamps o Maubue de Mainesmares. Carlos de Navarra iba acompañado de dos escuderos, Colinet Doublet y Jean de Banthelu. La celebración se encontraba en pleno apogeo cuando apareció Juan II con unos cien hombres fuertemente armados, con intención de detener a Carlos gritando: «¡Que nadie se mueva si no quiere morir por esta espada!»[76][77]

El monarca, ejecutando con eficacia un plan perfectamente diseñado, estaba rodeado por su hermano Felipe de Orleans, su hijo menor Luis, y sus primos Artois, que constituían una escolta notable con armaduras pesadas. En el exterior un centenar de gentes de armas tomaron el castillo.[76]​ Con todo, según la crónica de Jean de Vannette, algunos lograron escapar, como el canciller de Navarra. Colinet Doublet, escudero del monarca navarro, sacó su cuchillo para protegerle y amenazó al rey, pero sería detenido rápidamente por la comitiva real, que también capturó al rey de Navarra.[76][78]

Sobre lo que ocurrió después difieren las crónicas en parte. Coinciden en la agresiva y directa intervención de Juan II que se encaminó hacia la mesa donde se encontraban los invitados y se encaró con uno de ellos. Las crónicas de la época difieren a este respecto entre Carlos II de Navarra y Jean de Harcourt. «La Crónica de los Cuatro Primeros Valois, que a menudo ofrece un relato muy preciso de los acontecimientos, indica que se trataba del conde de Harcourt» al que el propio rey prendió de su mano mientras mandaba detener al rey de Navarra. La crónica normanda de Pierre Cochon muestra un gesto del rey «al conde normando más abiertamente agresivo al arrestar y claramente menos digno» cuando agarró al conde por su pechera y le dijo: «Or, te tien-ge, fauz traite. Aujourd’ui feray de toy faire justice, que saches que ta vie definera aujourd’ui» («Ahora, espera, que trate contigo. Hoy te haré justicia, que sepas que tu vida acabará hoy»).[79]

Otras crónicas ponen a Carlos II de Navarra en el centro de la ira real: la crónica de Jean de Venette representa al rey poniendo sus manos sobre su yerno («manus apponens ad regem Navarrae») mientras que el cronista Jean le Bel dibuja una altercado más que un arresto cuando afirma que el rey francés, violentamente, le derribó de su asiento diciendo: «¡Traidor, no eres digno de sentarte a la misma mesa que mis hijos!». Sin embargo, «las Grandes crónicas, las únicas escritas directamente para los Valois, guardan silencia sobre este hecho», sobre la agresiva intervención directa del rey, quizá «para no dar una imagen demasiado negativa del rey, en lo que Jean de Venette describe como un hecho "lamentable".» Para el resto de las crónicas es una oportunidad de «señalar el carácter irascible y bastante inestable del rey de Francia, cuya actitud parece incoherente.»[80]

Los cronistas relatan múltiples pequeños detalles mostrando a un Juan II desequilibrado: Jean le Bel —y con él Froissart—, relata un altercado entre el rey y su hijo, el duque de Normandía, donde el delfín se muestra indignado ante su padre al arrestar a los hombres que había recibido bajo su amparo y protección, perjudicando su honor y violando su hospitalidad. Enojado, el rey "Jehan luy commanda qu’il se souffrit, et le fery de son pyé par grand irour". En las crónicas de Froissart, «poco favorable a Juan II, el retrato es aún más dañino. Juan el Bueno respondió bruscamente a su hijo, pero en lugar de darle una patada violenta, “tomó una maza de sargento y se acercó al conde de Harcourt al que le dio un gran golpe entre los hombros”». El cronista de Valenciennes «relata también que “li dis rois estoit enflamés de si grant aïr qu’il ne voloit à riens entendre”».[81]

Salvo las Grandes Crónicas, se nos muestra a un encolerizado rey Juan II, «impulsivo, irreflexio y violento», dando rienda suelta a unos sentimientos pasionales transmitiendo una impresión de que «la detención es ilegítima a los ojos de sus contemporáneos. El rey de Francia parece perseguir una venganza personal en lugar de cumplir con su papel de impartir justicia.» A tenor de los diferentes relatos, todos coinciden en que se realiza una interrupción del rey aunque en el momento de hacerlo no parece capaz de explicar con precisión las razones para ello. Por contra, «las palabras atribuidas a los protagonistas muestran claramente la permanencia de antiguas rencillas que no han sido saldadas.[82]

Aunque las crónicas no son explícitas sobre las causas, salvo Froissart que lo menciona explícitamente, parecen existir unos sentimientos acumulados desde la muerte, en enero de 1354, de Carlos de la Cerda.[83]​ A pesar de todos los actos públicos y acuerdos previos donde se había dictado el perdón público a Carlos II de Navarra, según Froissart, en el trasfondo también pudo haber pesado el predecesor de Carlos de España como condestable, Raúl de Brienne, conde de Eu y de Guines: «Pocas semanas después de su ascenso, y cuando Raúl acababa de ser liberado de un largo cautiverio en Inglaterra» Juan II le hizo arrestar y ejecutar sin explicaciones públicas, unos motivos que «siguen siendo oscuros hasta hoy.» Pero, según Froissart, «justo después de haber asestado un mazazo al conde de Harcourt, el rey le promete un destino desastroso, justificándolo así: "Eres del linaje del conde de Ghines. Tus fechorías y tus traiciones de descubrirán muy pronto.» De ser válidas estas palabras del rey, afirma el historiador Xavier Pindard, «colocaban el arresto de Ruan bajo el mismo signo de arbitrariedad que la ejecución del condestable Raúl de Brienne.» Y aunque no fuera tan explícita su declaración, «sus contemporáneos establecieron un paralelismo entre ambas detenciones.» Hasta en tres ocasiones menciona el cronista de Lieja, Jean le Bel ese paralelismo que llevan a considerar que Juan II recurrió «una vez más a los métodos brutales y expeditivos que han despertado la incomprensión de la sociedad política.»[84]

El duque de Normandía y delfín de Francia, en palabras del cronista Jean Froissat, expone «lo que seguramente dijeron muchas personas presentes en Ruan durante este famoso banquete:»[85]

Las detenciones realizadas bajo estos momentos de hospitalidad resultaban impactantes además de traicionar la imagen del anfitrión. Más tarde el cronista normando Pierre Cochon escribió que esta celada había sido planificada por padre e hijo con lo que la imagen de un futuro Carlos V ya se veía revestida de ser engañosa y tramposa.[85]

Ejecuciones en Ruan

Aunque fuera el rey quien detuvo a los invitados, era competencia del duque de Normandía impartir la alta justicia y dictar sentencia. Pero nadie se atreve a cuestionar el derecho del rey a administrar justicia directamente. En esta época «en el que la justicia delegada por los tribunales soberanos estaba en pleno apogeo, esta intervención directa y brutal del rey, estas ejecuciones apresuradas sin juicio y la falta de justificación dada a la opinión pública constituyen grandes faltas políticas por parte del rey.»[86]

Esa misma noche el conde de Harcourt, el señor de Graville, Maubue de Mainesmares y el escudero Colinet Doublet, fueron conducidos a un lugar conocido como el «Campo del Perdón», donde, en presencia del monarca, el verdugo, un criminal liberado para la ocasión cuya libertad dependía del encargo, les decapitó.[76][83]

Pero lejos de asegurar una imagen de firmeza del rey, «la brutalidad de los métodos utilizados por el rey de Francia y la apariencia de arbitrariedad provocaron una desaprobación generalizada en el reino.»[87]​ Más aún, su comportamiento bien pudo servir para sembrar «las semillas de la revolución que prevalecería dos años más tarde».[88]

Dos días después Juan regresará a París para celebrar la Pascua. Carlos será encarcelado en el Louvre y en Châtelet. No obstante, la capital no era segura, por lo que le trasladarán a la fortaleza de Arleux, cerca de Douai[89][83]

Consecuencias: Batalla de Poitiers

Encarcelado, la popularidad de Carlos aumentó considerablemente. Lejos de contrariarse con el navarro, «se atrajo la simpatía general» de la gente hacia él.[83]​ Mientras sus partidarios protestaban y reclamaban su puesta en libertad, numerosos nobles normandos se negaron a rendir homenaje al rey de Francia y se unieron a Eduardo III. Para ellos Juan II se había excedido al capturar a un príncipe con el que había alcanzado un acuerdo de paz. Incluso algunos aprovecharon para acusar al rey de que, al ser consciente de su ilegitimidad, pretendía únicamente eliminar a un rival cuyo único delito era reivindicar sus derechos a la corona de Francia. Felipe de Navarra, hermano de Carlos, envió su desafío a Juan el 28 de mayo de 1356.[89][83]

Los navarros, y particularmente los señores normandos, se pasaron en bloque al bando de Eduardo III, quien ese verano estaba lanzando a sus tropas en terribles chevauchées, en Normandía y Guyena[90]​ El rey, que había reclutado numerosas tropas con los impuestos obtenidos por los Estados Generales de 1355 y 1356, vio la necesidad y la oportunidad de restablecer el dañado prestigio de los Valois demostrando valentía en el campo de batalla.

El conflicto siguiente tendría lugar el 19 de septiembre de 1356 en la batalla de Poitiers, dónde los ingleses demostraron una vez más la superioridad táctica que les concedía el arco largo, que obligaba a la caballería de Francia, cuyas monturas no estaban protegidas, a cargar a pie, siendo destrozada por una embestida de la caballería inglesa. Negándose a abandonar el campo de batalla para demostrar su legitimidad, Juan II se batió heroicamente con sus más leales seguidores, pero será capturado por las tropas inglesas.[83]

Alianza con Étienne Marcel (1357-1358)

Ordenanza de 1357

Los mercenarios desmovilizados después de Poitiers se agruparon en grandes compañías y saquearon el país, evidenciando la necesidad de mantener activo un ejército permanente que evitara estas prácticas, que causaban un enorme descontento popular. En ausencia de su padre, el delfín Carlos accedió a la regencia, pero este no tenía más que dieciocho años, poco prestigio personal –sobre todo después de huir del campo de batalla en Poitiers, cosa que no hicieron ni su padre ni su hermano Felipe– poca experiencia, y además tenía que luchar con el peso del descrédito de los Valois. En un principio se rodeó de los asesores de su padre, que eran despreciados por la plebe.

El 17 de octubre de 1356 Carlos reunió a los Estados Generales, donde iba a tener que combatir una extraordinaria oposición: Étienne Marcel líder de la burguesía y aliado con los partidarios de Carlos de Navarra, que estaban encabezados por el obispo de Laon Robert le Coq.[91]​ Los Estados Generales nombraron a Carlos teniente general y defensor del reino en ausencia de su padre, y pusieron a su disposición una docena de representantes de cada orden para asesorarle.[d]

Los Estados reclamaron la destitución de los asesores reales más odiados - a causa de su responsabilidad en la constante devaluación monetaria[92]​ - el poder para nombrar un consejo en que se apoyara el monarca y la liberación de Carlos de Navarra. Carlos, cercano a las ideas reformistas, no se oponía a dar un papel más relevante a los Estados Generales, pero la otra petición resultaba inaceptable. No obstante, el Delfín no tenía tanto poder como para rechazar de plano estas propuestas, por lo que en un primer momento aplazó la respuesta –con el pretexto de que habían llegado unos mensajeros de su padre–[91]​ para después abandonar la capital, quedando los asuntos en manos de su hermano Luis. Los Estados Generales serían prorrogados y convocados nuevamente para el 3 de febrero de 1357.

Carlos aprovechará este intervalo para acudir a Metz y rendir homenaje a su tío, el emperador Carlos IV, por el Delfinado, obteniendo de ese modo su apoyo diplomático. A su vuelta a París, en marzo de 1357, aceptó la promulgación de la «Gran Ordenanza», que proponía limitar levemente el poder de la monarquía y acarreaba una notable reorganización administrativa, a cambio de mantener encerrado a Carlos de Navarra. Se creó una comisión para destituir y condenar a los funcionarios corruptos - en especial a los cobradores de impuestos - e incautar sus bienes. Nueve asesores de Carlos quedaron relevados, consiguiendo Étiene Marcel vengarse de Roberto de Lorris.[93]​ Seis representantes de los Estados Generales constituyeron una especie de consejo de tutela del regente, y el organismo logró introducirse en la administración real: las finanzas, en especial las transferencias monetarias y los subsidios especiales, serán controlados por los Estados.[94]

Liberación

En consecuencia se impuso un gobierno de regencia controlado por los Estados Generales. No obstante, para los reformadores, especialmente para los navarros, esto no era suficiente, pues el retorno de Juan podía acabar con todo el proceso, por lo que, para presionar a Carlos, organizaron la liberación de Carlos de Navarra, que podía reclamar la corona y aún se encontraba preso en la fortaleza de Arleux. Sin embargo, y para evitar futuros problemas, se quiso dar a esta liberación la apariencia de un golpe de mano de carácter espontáneo promovido por los leales hermanos de Picquigny[95]​. Dispusieron meticulosamente el retorno de Carlos: liberado el 9 de noviembre, en los pueblos por los que pasó le recibirían con el protocolo reservado al monarca, y, en cada ciudad entre Amiens y París, llevó a cabo el mismo ritual; tras entrar acompañado por una bella dama era recibido por el clero y la burguesía de la urbe, para después dirigirse a la plebe explicando que había sido encarcelado por el miedo que tenía Juan II de que hiciera valer sus derechos reales.[96]

El avanzado estado de las cosas impidió a Carlos rechazar la petición de Marcel y le Coq, por lo que tuvo que acceder a rubricar el indulto del navarro, que pudo realizar con tranquilidad su triunfal regreso. El 30 de noviembre arengó a una multitud de 10 000 parisinos reunidos por Étienne Marcel en Pré aux Clercs, acusando a Juan II, todavía prisionero de los ingleses, y a Eduardo III, de «invasores» y reivindicando sus derechos sucesorios a la corona de Francia. El 3 de diciembre Marcel, acompañado de una imponente escolta de burgueses, irrumpió en la reunión que debía decidir la rehabilitación de Carlos de Navarra con el pretexto de anunciar que los Estados habían consentido en recaudar los impuestos demandados por el Delfín y que no quedaba más que obtener el acuerdo de la nobleza. Fuertemente presionado, Carlos no pudo más que consentir y rehabilitar a Carlos de Navarra.[97]​ El 14 de enero de 1358 los Estados debían decidir la cuestión dinástica. La dinastía de los Valois se encontraba amenazada. Carlos de Navarra aprovechó los meses de espera para hacer campaña. El 11 de enero organizó una ceremonia en Ruan en honor de los señores normandos que habían sido decapitados durante su arresto, con el objeto de seducir a la nobleza y la burguesía normanda.[98]​ Por otro lado, temiendo el retorno de Juan II, comenzó a reclutar tropas en Normandía.[99]

Por su parte el Delfín empezó a organizar la defensa del país contra los numerosos mercenarios que pillaban el país. Los mariscales de Normandía, Champaña y Borgoña se unieron a su corte. Levantó en París una tropa de 2000 hombres venidos del Delfinado con el pretexto de proteger la capital de los abusos de las Compañías.[100]​ El 11 de enero se dirigió a los parisinos en Les Halles explicando la razón por la que estaba reclutando tropas y acusando a los Estados de no haber preparado adecuadamente la defensa del país a pesar del aumento de impuestos: la alocución resultó un éxito y puso en dificultades al Parlamento francés.[101]​ El 14 de enero los Estados no llegaron a ningún acuerdo ni sobre la cuestión dinástica ni acerca de la recaudación de nuevos impuestos, por lo que para aliviar la situación económica se aprobó una nueva devaluación monetaria.[102]​ El pueblo, exasperado, se puso en contra de los Estados.[102]

Valiéndose de la situación Carlos bloqueó la aplicación de la ordenanza de 1357. La comisión responsable de acabar con la corrupción en el seno de la administración real no duró más que cinco meses. Los recaudadores de impuestos nombrados por los Estados tuvieron que hacer frente al descontento de los campesinos y artesanos pobres. Los Estados carecían de la experiencia política necesaria como para continuar controlando al Delfín, que, en una muestra de su savoir-faire, obtuvo el apoyo de los seis diputados que constituían el consejo de tutela. Esta progresiva pérdida de poder hizo que los Estados fueran cada vez menos representativos. Poco a poco solo la burguesía continuó asistiendo a sus reuniones. Finalmente Juan II, que contaba con un enorme prestigio, prohibió desde prisión la aplicación de la «Gran Ordenanza». Étienne Marcel, viendo como se desmoronaba su proyecto de establecer una monarquía controlada, trató de llevarlo a cabo por las armas. Cabe señalar que el preboste no ponía en duda la necesidad de tener un soberano, pero demandaba un mayor poder por parte de los Estados.

Mientras, Carlos de Navarra, a la cabeza de sus tropas anglo-navarras, tomó el control de toda la Baja Normandía para después remontar el valle del Sena. Recibiría refuerzos: su lugarteniente Martín Henríquez desembarcó en Ruan con 1400 hombres.[103]

Viendo que la situación podía evolucionar hacia una monarquía controlada con Carlos de Navarra a la cabeza, Juan II decidió concluir las negociaciones con Eduardo III, para lo que optó con hablar directamente con el monarca inglés. Se ordenó su traslado de Burdeos a Londres, donde sus condiciones carcelarias serían reales: estaba acompañado de su corte, constituida por varios centenares de personas –tanto capturados con él en Poitiers como venidos voluntariamente– y estaba alojado en el hotel Saboya con plena libertad para moverse por Inglaterra.[104]​ En enero de 1358 aceptó el primer tratado de Londres, que preveía:

  • La cesión en plena soberanía de las posesiones aquitanas de los Plantagenet, aproximadamente un tercio del reino: Guyena –confiscada por Felipe VI a comienzos del conflicto– Saintonge, Poitou, Lemosín, Quercy, Périgord, Rouergue y Bigorra.
  • Un rescate de cuatro millones de escudos.
  • La no renuncia de Eduardo III a la corona de Francia.[105]

Asesinato de los mariscales

La noticia de la aceptación por parte de Juan II del primer tratado de Londres, que cedía un tercio del reino de Francia a Inglaterra, provocó una protesta de la que se aprovecharía Étienne Marcel. El 22 de febrero de 1358 el preboste encabezó un motín en el que tomaron parte tres mil personas armadas.[106]

Durante la revuelta el populacho asaltó el Palais de la Cité para arrestar al regente.[106]​ El mariscal de Champaña, Juan de Conflans, y el mariscal de Normandía, Roberto de Clermont, cuyas tropas estaban acampadas delante de París, serían asesinados delante del delfín, al que Marcel obligó a cubrirse la cabeza con la caperuza roja y azul de los amotinados - los colores de París - mientras que él mismo se puso el sombrero de Carlos y le demandó renovar la ordenanza de 1357.[107]

Marcel optó por salvar al heredero, pues le subestimaba y pensaba que resultaría sencillo controlarle; no obstante, el tiempo demostró que está decisión constituyó un enorme error. Así, basándose en la influencia que creía tener sobre el Delfín, al que más tarde nombró regente, decidió prescindir de Carlos de Navarra, a quien empujó a dejar París.[108]​ Entonces Étienne Marcel se encaminó a la plaza de Grève, donde alentó a una enardecida multitud para que eliminara a los «traidores del reino». Escribió a las ciudades de provincias para explicar sus acciones, pero solo Amiens y Arras mostraron señales de apoyo,[107]​ y obligó al Delfín a que sancionara la muerte de los mariscales. A Carlos no le quedó más remedio que aceptar el nuevo cambio institucional: serían nombrados cuatro nuevos asesores procedentes de la burguesía, y el gobierno y la economía pasaron a manos de los Estados.[109]​ Carlos II de Navarra recibió un mando militar y dinero para costear una tropa de mil soldados. El Delfín continuó siendo regente, lo que permitía ignorar las exigencias de Juan mientras aún estuviera cautivo.[110]

Para aprobar esta nueva ordenanza, y, en particular, validar su contenido económico, era necesario el acuerdo de la nobleza, que no quería continuar reuniéndose en la capital, en particular los aristócratas de Champaña y Borgoña, escandalizados por el asesinato de los mariscales. En consecuencia se optó por Senlis para celebrar la asamblea. Era la ocasión que estaba esperando el delfín para abandonar París, lo que llevó a cabo el 17 de marzo. Étienne Marcel, pensando que le controlaba, simplemente hizo que le acompañaran una decena de burgueses.[111]

Carlos participó en los Estados de Champaña, celebrados el 9 de abril en Provins. El príncipe estuvo apoyado por la nobleza de la parte oriental del reino, que intimidó a los representantes parisinos.[111][112]​ Gracias a esta ayuda Carlos capturó Montereau y Meaux, bloqueando el acceso este de la capital.[112]​ Como los territorios occidentales y meridionales del país estaban en manos de los mercenarios,[106]​ únicamente quedaba el acceso norte, que comunicaba París con las ciudades de Flandes. Tras el bloqueo de los accesos fluviales Étienne Marcel tuvo que reaccionar para evitar el estrangulamiento económico de la ciudad.[111]

El 18 de abril Marcel envió su desafío a Carlos. La ciudad estaba preparada para el combate: se cavaron trincheras y se rellenaron con tierra para que constituyeran un muro que detuviera a la artillería. Para costear estas operaciones se llevó a cabo una nueva devaluación monetaria y se recaudaron nuevos impuestos, lo que provocó el descontento popular y la disminución de la confianza en el gobierno de los Estados.[113]​ Carlos reunió de nuevo los Estados Generales en Compiègne, donde acordaron recaudar un nuevo impuesto controlado por este parlamento y revalorizar la moneda - que no volvería a devaluarse hasta 1359. En cambio abandonaron la voluntad de controlar al príncipe.[114]

Represión de la Jacquerie

El 28 de mayo de 1358 los campesinos de Saint-Leu-d'Esserent, cerca de Creil, en el departamento de Oise, se rebelaron, angustiados por las nuevas cargas fiscales aprobadas en Compiègne y destinadas a organizar la defensa del país.[115]​ Rápidamente las reacciones antinobiliarias se multiplicaron al norte de la capital, una zona libre del saqueo de los mercenarios y que no estaba controlada ni por los navarros ni por las tropas del príncipe. Unos 5000 hombres se agruparon en torno al carismático líder Guillaume Carle, más conocido por el nombre que le atribuyó Froissart, Jacques Bonhomme. Étienne Marcel decidió apoyar a los rebeldes y envió en su ayuda trescientos hombres encabezados por Jean Vaillant[116]​ para que liberaran la capital del cerco que había establecido el Delfín y preservaran el acceso septentrional, que permitía comunicar París con las poderosas ciudades de Flandes.[117]​ La alianza con el preboste coincidió con uno de los mayores éxitos de los jacques, la toma del castillo de Ermenonville.

El 9 de junio los hombres de Marcel y una partida de jacques –aproximadamente un millar de hombres– trataron de asaltar la fortaleza de Meaux, donde se encontraban el regente y su familia.[118]​ No obstante, el ataque derivó en una aplastante derrota, ya que, mientras los rebeldes atacaban el castillo, fueron sorprendidos por una carga de caballería liderada por el conde de Foix Gastón Febo y el captal de Buch, Juan de Grailly, que les barrió del campo.[119]

Sin embargo restaba por someter a la mayor parte de las tropas de Guillaume Carle, que pretendían presentar batalla en Mello, una ciudad de Beauvaisis. Carlos había quedado apartado del poder por Étienne Marcel, que había creído controlar demasiado rápido al príncipe tras el asesinato de los mariscales, y deseaba retomar el control y demostrar al preboste que su apoyo militar era indispensable.[108]​ Presionado por la nobleza, especialmente por los Picquigny, a los que debía la libertad y cuyo hermano había caído durante la revuelta, Navarra vislumbró un medio para ampliar su poder y obtener el apoyo tanto de la aristocracia[116]​ como de los mercaderes, que ayudarían a quien hiciera que las rutas comerciales quedaran aseguradas de nuevo.[116]​ En consecuencia, Navarra se puso a la cabeza de la represión, que llevó a cabo valiéndose de mercenarios ingleses, y unió a la nobleza en torno a su persona. Capturó a Guillaume Carle cuando este vino a negociar a Mello y lo mandó torturar y asesinar. Tras la muerte del líder de los jacques la represión derivará en una cruel masacre, y a todo aquel declarado culpable de estar relacionados con los rebeldes le ahorcaron sin juicio.[120]​ Se ordenó, asimismo, el asesinato de cuatro representantes de cada pueblo.[121]​ Estos hechos marcaron la conclusión de la revuelta, en cuya brutal represión Carlos quedó como único responsable, mientras que el Delfín consiguió que su nombre quedara desvinculado de la misma.

Capitán de París

Tras restablecer el orden Navarra, el 14 de junio de 1358 entró en la capital y se puso al mando.[122]​ No obstante, una considerable parte de la nobleza que había combatido a su lado contra los rebeldes decidió retirarle su apoyo, pues todavía estaba demasiado escandalizada por el brutal asesinato de los mariscales como para aliarse con los parisinos, y unirse a las tropas del príncipe. Establecido en Saint Denis, sería nombrado capitán de París por aclamación. Étienne Marcel envió cartas a todas las ciudades del reino instándolas a que le eligieran «capitán universal»[122]​ en un intento de constituir una gran liga urbana e imponer una nueva dinastía encabezada por el monarca navarro. Contrató a mercenarios ingleses para suplir a los caballeros que habían abandonado la tropa de Carlos para unirse al Delfín, que puso sitio a la capital el 29 de junio. Este último recibió el apoyo de numerosos mercenarios procedentes de las Grandes Compañías, que veían en la conquista de la capital un medio para saquearla.[123]​ El príncipe trató a toda costa evitar un baño de sangre que le desacreditara ante el pueblo, por lo que renunció a tomar la ciudad al asalto e impuso un bloqueo al mismo tiempo que establecía negociaciones con los sediciosos. No obstante, los arqueros ingleses contratados para proteger la ciudad eran considerados enemigos y pronto despertaron la animosidad del pueblo parisino. El 21 de julio una riña de taberna degeneró en una batalla campal en la que murieron treinta y cuatro mercenarios.[124]​ Los ciudadanos de París, alzados en armas, se hacen con 400 ingleses con la intención de obtener un rescate por su liberación.[124]​ Un día después Étienne Marcel, Robert Le Coq y Carlos de Navarra reunieron al pueblo para calmar los ánimos, pero la situación se descontroló y este les exigió que se deshicieran de los ingleses. Para resolver la situación, los tres hombres deciden separar los sublevados en varios grupos y guiarlos hasta los mercenarios que se encontraban en Saint-Denis. Estos últimos, previamente avisados, masacraron a los rebeldes, muriendo así entre 600 y 700 parisinos.[125]​ Al ver a sus líderes apoyando a los enemigos de la patria frente al regente y al pueblo, los ciudadanos de París se sienten traicionados y retiran su apoyo a Étienne Marcel, más aún ante las noticias de que Carlos de Navarra espera la llegada de su hermano Felipe con refuerzos ingleses.[124]​ Así, el rumor de que Felipe de Navarra estaba en camino con una partida de 10 000 soldados ingleses hizo temer a los parisinos de que sus nuevos «protectores» quisieran vengar a sus compañeros y saquearan la ciudad. El échevin[e]​ Jean Maillard y Pepin des Essart convencieron a los burgueses para que solicitaran ayuda al príncipe.[126]​ Al amanecer del 31 de julio de 1358 Étienne Marcel sería sorprendido en la Porte Saint-Antoine, cuando iba a entregar las llaves de la ciudad, y asesinado. El Delfín estaba preparándose para marcharse al Delfinado cuando le comunicaron la noticia.[127]​ El 2 de agosto realizó su entrada triunfal en la capital, dando muestra de su clemencia indultando a los parisinos. Solo quince personas serían ejecutadas por traición, entre las que se incluye Étienne Marcel. El príncipe veló porque no se incautaran sus posesiones a los parientes de los traidores en tanto que recompensó a sus aliados. A través de matrimonios entre las viudas de estos hombres y sus hombres más leales trató de conciliar los intereses de los unos y de los otros.[128]

Asesinato del canciller de Navarra: Tomás de Ladit (1358)

Tomás de Ladit, canciller de Navarra, estaba presente en la capital francesa cuando Étienne Marcel es asesinado el 31 de julio de 1358 y cuando hizo su entrada el delfín Carlos el 2 de agosto siguiente. Por ello fue arrestado al día siguiente, junto a Pierre Gilles, entre otros, y encarcelado en Châtelet, luego en Palais. En esta prisión, dado su cargo tan cercano al rey de Navarra, fue torturado buscando información de interés. Dada su condición eclesiástica, sin embargo, debía ser entregado a la justicia del obispo de París.[129]

Pierres Gilles ya había sido decapitado en Les Halles al día siguiente de su arresto, sufriendo la misma suerte el resto de detenidos. Mientras que Ladit, que no había podido ser "ajusticiado", y estuvo retenido varios días. Finalmente, el 12 de septiembre, poco antes del mediodía se decidió entregarlo a las gentes del obispo de París. Como tenía los pies cargados de grilletes, hubo que sentarlo o tumbarlo sobre una "puerta", y dos hombres, cargando la tabla sobre sus hombros, se dispusieron a transportar al prisionero. Pero se encontraba apenas a un paso de la puerta del Palacio cuando "compagnons de París", que esperaban allí, se arrojaron sobre él y lo masacraron. Sus restos, después de haber sufrido los habituales ultrajes, fueron arrojados al Sena.[130]

Sin duda esta fue una importante pérdida para el rey de Navarra. En su testamento de 1376 deja a sus herederos la suma 500 francos. Y en 1385, en otro nuevo testamento sigue recordándolos cuando «preveía una donación a su favor en el caso de que sus tierras en el reino de Francia les fueran devueltas o cambiadas por otras.» Tomás de Ladit, posiblemente originario del condado de Brie, donde fue canónigo de Saint-Martin-des-Champs entre 1336-1352 y luego de Reims, entre 1343-1357, también fue nombrado en Navarra también abad de Falces por intercesión de Juana de Évreux. Ya era una persona al servicio de Felipe de Évreux desde, al menos, 1336. También figuraba en la lista de personas partidarias de Carlos II que fueron indultados por Juan II en el tratado de Valognes así como figurara entre los 300 amnistiados en 1360 por el tratado de Calais con ocasión de la reconciliación entre Carlos II y su suegro.[131]

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Conflicto franco-navarro (1358-1361)

Carlos de Navarra, que se encontraba con sus hombres en Saint Denis, escapó del cambio de lealtad del pueblo parisino y pudo recibir las tropas inglesas lideradas por su hermano. No obstante estos mercenarios llevaban un tiempo sin recibir su sueldo, por lo que se encontraban muy descontentos, y hubo un momento en que la situación era tan tensa que Felipe y Carlos decidieron permitirles saquear Saint Denis (3 de agosto).[132]​ Los mercenarios retrocedieron a sus posesiones en el valle del Sena, donde tomaron el control del territorio y del tráfico fluvial, e intentaron completar el estrangulamiento de la capital mediante la captura de Melun, que controlaba la zona septentrional del Sena. En ese momento los soldados de Carlos y los mercenarios bretones controlaban unas sesenta plazas en la Isla de Francia.[133]

Tratado de Pontoise (1359)

El príncipe no tenía medios para expulsarles, pero puso sitio a Melun. La posición del monarca navarro era desesperada, por lo que propuso encontrarse con el Delfín en Pontoise el 19 de agosto para anunciar que se retiraba, aunque sus tropas no abandonaron las plazas que controlaban y continuaron sometiendo al país a un saqueo similar al que experimentaron de la mano de las Grandes Compañías.[134][135]​ La escasez de recursos llevó a ambos líderes a contemporizar, aunque para el rey y el príncipe era determinante detener a Carlos II de Navarra, ya que de ese modo quedaría eliminado uno de los más importantes pretendientes a la corona, capaz incluso de crear un poderoso principado susceptible de aliarse con Eduardo III. Este tratado, como ocurrió con las anteriores, será breve. En noviembre el captal de Buch ayudaba a Carlos II a apoderarse de Clermont, en Beauvé, y en París se descubría una conspiración para entregarle la ciudad.[135]

Del tratado de Bretigny al de Calais (1360)

Con el tratado de Brétigny, firmado el 8 mayo 1360, Francia e Inglaterra lograban una pausa en su disputa necesaria: Francia cedía a Inglaterra casi una ter­cera parte del país en plena propiedad, y pagaría tres millones de escudos oro por la libertad de su rey. Con este acuerdo el rey de Navarra perdía el apoyo del rey de Inglaterra. Sin embargo, fue el inglés quien se ofreció como mediador para obtener, durante el mismo encuentro de la firma, un acercamiento reconciliatorio entre el navarro y el rey de Francia. El rey de Navarra no podía, como su hermano Felipe, ser incluido en el tratado de Brétigny, ya que, un año antes, había hecho las paces con el regente y, oficialmente, ya no era aliado de los ingleses.[136]

El 24 de octubre de 1360 cuando se reunían el rey de Inglaterra y el rey de Francia en Calais para firmar el tratado acordado en Bretigny en mayo se firmó también. Esta nueva paz fue negociada por Felipe de Navarra, hermano del rey, con lo que éste pudo entrar en posesión de sus bienes de Normandía.[135]​Estaba presente también el hermano de Juan II, el duque de Orléans.[137]

Las condiciones fueron previamente negociadas por varios comisionados de las tres partes:

  • Por parte de Navarra: Robert de la Porte, obispo de Avranches y canciller de Navarra,[138]​ Robert de Picquigny y Juan Ramírez de Arellano, caballeros del rey navarro.
  • Por parte de Francia: obispo de Thérouanne y canciller de Francia, junto con señor de Audrehem y Juan Le Maingre, mariscales de Francia, padre de Juan II Le Maingre.[136]
  • Por parte de Inglaterra: el duque de Lancaster y Gautier de Mauny, como mediadores del acuerdo.[139][140]

Según los términos de este tratado:[141]

  • El Rey de Francia perdonaría al Rey de Navarra, a sus hermanos, a sus súbditos y a quienes habían seguido a su partido por los crímenes que hubieran podido cometer en su guerra contra el Rey, el Duque de Normandía, y contra el honor del reino. y corona de Francia. Para ello el Rey de Navarra facilitaría para Semana Santa una lista de casi 300 personas que podrían beneficiarse de cartas de condonación por sus delitos.
  • El rey de Francia devolvería sus propiedades al rey de Navarra, a sus hermanos y a los que habían seguido a su partido. Salvo Robert le Coq, obispo de Laon, que debía abandonar Francia. Acabó en la sede episcopal de Calahorra.
  • El rey de Navarra prestaría juramento de fidelidad al rey de Francia. Por seguridad, se le enviarían de antemano doce rehenes que él habría elegido, con excepción de los hijos de Francia.
  • El rey de Francia no apoyaría a quienes quisieran hacer la guerra contra el rey de Navarra en el territorio de Francia.
  • Las fortalezas que el rey de Inglaterra poseía en tierras del rey de Navarra y que debía devolver al rey de Francia serían entregadas al rey de Navarra.
  • Se confirmaría el acuerdo alcanzado entre el duque de Normandía y la reina Blanca en lo que respecta a su dote.

Felipe de Navarra firmó el tratado especial para su hermano, y se despidió del rey de Inglaterra que le devolvió el homenaje. Jean Chandos y Luis de Harcourt recibieron la tarea de entregar las fortalezas de Normandía al rey de Francia.[142]

El 12 de diciembre Carlos II, que residía en Mantes en esos momentos, se traslada a Saint-Denis en cuya basílica, en presencia del rey Juan II de Francia jura solemnemente respetar el acuerdo. Había llevado consigo a los 12 rehenes aunque se negó a rendir homenaje, afirmando que nunca había perdido el que antes había prestado. Tras cenar con el rey, se despidió de él y regresó a Mantes. El historiador Edmond Meyer, respecto a este asunto afirmaba que «su negativa a rendir homenaje, recogida sin comentarios en las Grandes Crónicas, prueba que el rey de Navarra no reconoció ningún defecto en la guerra inicua que Juan el Bueno había iniciado con su violencia y que su hijo había continuado de mala fe.»[143][137]

Vida personal (1360-1361)

Heredero (1361)

Carlos y su mujer, Juana de Valois, hija de Juan II y hermana del delfín Carlos, habían estado mutuamente alejados desde 1352. Con ocasión del tratado de Calais (1360) ambos se reencuentran. Carlos tenía autorización para retomar su vida matrimonial junto a su esposa.[144]​ El nacimiento del primogénito Carlos en Mantes-la-Jolie (22 de julio de 1361) pudo impedir que ambos acompañaran a Carlos II a finales de 1361 en su viaje a Navarra (18 de octubre). Juana había ejercido, junto a las reinas Juana de Évreux, viuda de Carlos IV de Francia, y Blanca de Navarra, viuda de Felipe VI de Francia, una labor mediadora importante en los conflictos y tratados firmados por su marido, por un lado, y por su padre y por su hermano, por otro. Con todo aún no debía gozar de la confianza del monarca navarro quizá receloso de que hubiera estado demasiado influenciada durante su estancia con ellas. Carlos II, que preparaba su viaje de vuelta a Navarra, dejó al cargo de su hermana la reina viuda Blanca el cuidado del nuevo heredero. Junto a su mujer permanecieron los hermanos de Carlos, Felipe y Blanca.[144][145]​ También dejó a Felipe de Navarra al frente del gobierno de Normandía, y embarcó en Cherburgo rumbo a Navarra, a don­de llegaba en noviembre de 1361.[146]

Testamento (1361)

Tras la reconciliación con Juan II, poco antes de abandonar Francia y embarcar hacia Navarra, quizá motivado por el nuevo heredero, quizá por la prudencia inherente a los peligros de viajes por mar, Carlos II realizó su primer testamento del que se tiene noticia.[147][148]​ Era habitual en los príncipes de la Baja Edad Media hacer testamente antes de la partida de un viaje o una expedición, especialmente si tenían que afrontar los peligros del mar. Aunque Eduardo III le había otorgado un salvoconducto en julio, la inquietud embarga al monarca cuando escribe:

En este documento, donde parece que el rey navarro busca poner en orden sus últimos deseos, es también un ejemplo muy expresivo de la mentalidad del mo­narca donde se ilustran algunos aspectos personales tanto respecto a sus sentimientos como acerca de cuestiones de gobierno pendientes por aquellas fechas. Por ejemplo, sobre el lugar de enterramiento: Si moría en Francia deseaba ser enterrado en la iglesia de Saint Denis, junto a sus antepasa­dos que fueron reyes de Francia; su corazón sería enviado al [[Hospital de la Caridad de Roncesvalles}} y las entrañas a la abadía cisterciense de La Noé, en Evreux. En cambio si moría en Navarra el lugar de sepultura sería el Hospital de Ron­cesvalles, mientras que el corazón sería depositado en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen de Valognes que había mandado edificar, y sus entrañas (nos entrailles) en la abadía de La Noé.[149]

Muestra su perdón cristiano cuando indica que «perdona a cuantos le dañaron e injuriaron su buena fama» siempre que «se arrepientan de haberlo hecho y no persistan más en ello». Otros que le han servido lealmente «han sido víctimas de la venganza y represión Valois.» Pero también demuestra especial atención y cuidado mediante la gratificación hacia sus gentes y servidores, así como a los que in­tervinieron en su liberación.[150]

Se cuida de atender a las víctimas inocentes causadas por «los desmanes que han rodeado sus reivindicaciones po­líticas» en Francia, muy especialmente a Tele, la viuda de Etienne Marcel y sus hijos, o a los familiares de cuantos han muerto a su servicio. Su preocupación se mantiene por la suerte de cuantos colaboradores sobrevivieron, llegando a sacrificar sus cargos, como el obispo de Laon, Ro­berto le Coq. Le Coq «fue su ardiente defensor en los Estados Generales que siguieron a Poitiers» además de liderar el partido navarro y arrastar a Etienne Marcel hacia la causa del monarca navarro: a él le ofrece una renta de 800 escudos en Navarra «caso de que no sea repuesto de su sede u obtenga otro beneficio». A los hermanos Picquigny y a su chambelán Juan de Han, a quien otorga grandes rentas en Navarra. Concede 1.000 escudos de oro en una sola vez «pour certain cause a demoiselle Gracieuse, fille de Mousent, cheualier».[151]

Estos aspectos de «premiar lealtades con toda esplendidez fue uno de los rasgos de su carácter, que podemos seguir a lo largo de su vida. Obtuvo así fidelidades a toda prueba. Pero con la deslealtad se mos­traba igualmente implacable.»[152]

No descuida su mecenazgo y, por ello, mandaba atender las obras en la catedral de Evreux, en las abadías de Lyre (Eure), Santa Catalina de Ruan, Saint-Evroult-Notre-Dame du-Bois (Orne), Notre-Dame de la Noe (Eure) y Notre-dame du Voeu de Cherburgo, y a la catedral de San Andrés de Avranches.[153][154]

La confianza en la reina

Del testamento se colige cierta desconfianza hacia la reina Juana que, después de todo, no era extraño ya que había vivido distante, ya que era aún una niña cuando se casó, y hasta hacía un año había seguido educándose en la corte de su padre Juan II donde seguramente no habría escuchado dema­siados elogios de su marido. Al mismo tiempo, Carlos vuelve a demostrar la plena confianza en su familia, en este caso su hermana Blanca, la cual ya había ganado su lugar como la inasequible mediadora de las diferencias con el rey de Francia y el delfín. En el testamento había dejado estipulado que si al morir su hijo Carlos era todavía de menor edad, fuera Blanca, y no su esposa Juana, quien se encargara del infante así como del go­bierno y administración de sus posesiones junto con sus her­manos los infantes Felipe y Luis de Navarra.[155]

El testamento deja abierta una oportunidad a que la reina Juana, si marchaba a vivir en sus tierras y a seguir los pasos de sus hermanos, obtuviera la tutela directa sobre su hijo. En la breve trayectoria vital de la reina se verá cómo en pocos años disipará esas dudas y logrará su confianza con la regencia del reino en su ausencia y el desempeño de deli­cadas misiones diplomáticas que, incluso, le costarán la vida.[152][156][154]

Rearmando sus alianzas (1361-1364)

Incautación del ducado de Borgoña

En 1361 murió el duque de Borgoña, Felipe I de Rouvres. En circunstancias normales y de acuerdo a las leyes de primogenitura el ducado habría pasado a su primo segundo, que no era otro que Carlos de Navarra. Este último era nieto de Margarita de Borgoña, nacida del matrimonio entre el duque Roberto II e Inés de Francia. No obstante Juan II incautó el territorio alegando un mayor grado de parentesco con el duque a través de su madre Juana, hermana de Margarita. La cesión del condado a Felipe el Atrevido en septiembre de 1363 resultó inaceptable para el monarca navarro.[146]

En 1364, Juan II de Francia que había sido liberado tras el Tratado de Brétigny, tuvo que regresar como prisionero a Inglaterra porque su hijo Luis retenido para garantizar el cumplimiento del tratado había huido. Como el delfín Carlos seguía asumiendo la regencia se reunió con el Príncipe Negro en Burdeos y alcanzó un acuerdo de paz con Pedro IV de Aragón —aunque este resultara complicado por el apoyo militar que había prestado su hermano Luis a los castellanos—[157]​ al que prometió territorios pertenecientes al rey de Francia: el Bajo Languedoc, las senescalías de Beaucaire y Carcasona. Además reclutó una tropa de mercenarios para recuperar el ducado de Borgoña, e hizo bordar su pendón con las armas de Francia y Navarra.[157]

Alianza efímera con el conde de Foix y Bearne (1361-1362)

En 1361 Carlos retornó a Navarra. Para superar el aislamiento al que le había sometido el revés en Francia, organizó rápidamente el matrimonio de su hermana Inés de Navarra con Gastón Febo[f]​ conde de Foix y Bearne. El casamiento tenía también un interés político, pues las posesiones del conde estaban entre la Guyena inglesa y el reino de Francia, y el hábil Febo había convertido la inestabilidad inherente al territorio en una independencia de facto. La alianza entre Foix y Navarra constituía un buen medio para detener los ansias expansionistas de Francia, Inglaterra y Aragón, y, por otro lado, en Bearne no se aplicaba la ley sálica, por lo que, en ausencia de un heredero, el condado iría a la hermana del Carlos. No obstante, tras la celebración del enlace Febo tomó un gran número de amantes, que dieron a luz a dos hijos ilegítimos —Yvain y Gratien.

En 1362 repudió a su esposa, después de que esta alumbrara a Gastón, su único heredero legítimo, que sería educado lejos de su madre una vez que Inés regresara a Navarra. Esta actuación causó la animadversión de los navarros, que intentaron envenenarle a través de Gastón, pero este sería descubierto y denunciado por su hermano Yvain.[54]​ Durante una visita a la cárcel a Gastón el conde perdió el control y le propinó un golpe mortal, eliminando así a su único heredero directo (1380). No obstante Inés nunca recuperó el título de vizcondesa y, a la muerte de Gastón Febo (1391), será Yvain el que asuma la regencia del condado, hasta su muerte en 1393.[158]

Primer viaje de Juana de Valois a Navarra (1362)

Cuando Juana dejó Pacy-sur-Eure el 15 de noviembre de 1362, acompañada de Mouton de Blainville, señor de Ruan y mariscal de Francia, y su cuñado Felipe, dejó a su hijo en Melun bajo la tutela de su cuñada Blanca. En el testamento que Carlos II había redactado en 1361 se transmitía incluso cierta desconfianza hacia su esposa cuando prefirió el rey navarro dejar a su hijo primogénito bajo la custodia de su hermana, la reina viuda Blanca.[156][152]​ Los tres fueron hasta Tours vía Chartres, y desde allí continuó Juana su viaje acompañada del tesorero y Jean de Crèvecoeur, mayordomo del rey, enviado por el rey desde Navarra para organizar este viaje. Atravesando Poitiers y Saintes llegaron a Burdeos donde les dieron la bienvenida los delegados reales el señor de Luxá y Rodrigo de Úriz. Junto con el equipaje, enviado por río de Mantes a Ruan y desde allí hasta Burdeos por mar, la comitiva llegó a Saint-Jean-Pied-de-Port el 19 de diciembre. El camarero real, Raoul de La Planche, supervisó la dirección de este convoy desde su salida el 1 de septiembre de 1362 hasta su llegada el 28 de octubre. Su primera estancia en Navarra se mantuvo en segundo plano tras Carlos II, sin mayor protagonismo político alguno, dedicada a la familia y alumbrando a dos nuevos hijos de Carlos: Felipe, (noviembre de 1363), que fallecó prematuramente, y María (c. 1365). En este momento conoce a su cuñada Inés, hermana menor de Carlos II que, casada y repudiada por Gastón, conde de Foix (1364),[159]​ se había trasladado a Pamplona;[160]​ ella se convertiría en su más fiel compañera y confidente durante el resto de su vida.[161][162]

La guerra de los Dos Pedros (1362-1363)

Luis de Navarra, ejercía como lugarteniente de Carlos II de Navarra que estaba encarcelado en Francia. Frente a esta guerra, donde los intereses navarros no encontraban razón para intervenir, «había sido de resuelta neutralidad». La propia situación personal del rey navarro en prisión «no era el contexto más adecuado para tomar posición respecto al conflicto peninsular».[163]

Alianza castellano-navarra

En la primavera de 1362 «esta situación cambió con la liberación y el inmediato regreso de Carlos II a Navarra.» En las decisiones de Carlos II todos sus asuntos se filtraban en función de sus aspiraciones al trono de Francia. Por ello encontró una oportunidad en «la antigua enemistad entre las monarquías castellana y francesa, cuya manifestación más reciente la encontramos en el desventurado matrimonio de Pedro I con Blanca de Borbón». Fue la ocasión para un acercamiento entre el rey castellano y el rey navarro que se cristalizó en Estella, el 22 de mayo de 1362 y en Soria, el 2 de junio de 1362,[164]​ con la «alianza de mutua colaboración frente a terceros» firmada entre ambos, «en la que el rey de Navarra se comprometía a aportar 200 hombres a caballo y 500 a pie.» Esta alianza proporcionaba a Navarra «una medida de protección ante cualquier nueva agresión sufrida desde Francia» y, al mismo tiempo, el rey de Castilla ganaba «un aliado muy útil en el caso de que se retomase la guerra con Aragón.»[165]

Pero realmente, como afirman actualmente «la mayoría de los historiadores» cabe interpretar esta «entrada de Navarra en la guerra de los Dos Pedros como fruto de una hábil estrategia de Pedro I, quien poco menos que habría tendido una trampa a Carlos II.»[165]​ En esta línea y como mejor ejemplo está la afirmación del historiador Luis Vicente Díaz Martín: “El sorprendido rey navarro no tenía escapatoria. Pedro I había ido acumulando fuerzas en la frontera con la disculpa de la defensa y su negativa podía volver en su contra todo el potencial castellano o cuando menos convertirle en un peligrosísimo enemigo. Navarra no estaba preparada para la lucha, a pesar de lo cual no tuvo más remedio que declarar la guerra al aragonés”.[166]

Intervención de Navarra en la guerra

Efectivamente en cuestión de semanas reclama el monarca castellano la intervención del navarro y «el rey de Navarra se vio arrastrado contra su voluntad a la guerra que su coyuntural aliado reinició contra Pedro IV de Aragón.»[167]​ El monarca navarro justificó su intervención en base a la falta de ayuda aragonesa cuando estuvo en prisión en Francia.[168]​ Para cumplir con su parte, Carlos II montó una rápida acción que se limitó a plazas fuertes cercanas a la frontera navarra: Salvatierra de Esca, Escó y Ruesta. Tras ello se limitó a reforzar las nuevas plazas junto con la frontera con Aragón desde Burgui (Roncal) hasta Cortes y Monteagudo (Ribera de Navarra).[164]

Pero Pedro I de Castilla estaba lejos de tal conformidad. Cuando en la primavera siguiente, de 1363, reanudó las operaciones, sus tropas bordearon por el norte el Moncayo y llegaron hasta la comarca de Tarazona, incluyendo Borja y Magallón en un movimiento que, al mismo tiempo, servía para aumentar la presión sobre su aliado al observar tan cerca de sus fronteras a todo el ejército castellano y buscaba la reunión de tropas de ambos reinos. Por ello, Luis de Navarra reunió el 6 de abril en Tudela toda la tropa desplegada el verano anterior y, para últimar los preparativos, solicitó préstamos a funcionarios reales de la ciudad y a dos docenas de particulares por un total de 600 florines. Aprovisionada la expedición, Luis de Navarra partió de Tudela el 22 de abril y se unió a Pedro I de Castilla.[169]

Acuerdo secreto navarro-aragonés

Según partían las tropas del infante Luis de Navarra, su hermano Carlos II mantenía en Sos (7-8 de mayo) conversaciones secretas con Pedro IV de Aragón. El rey navarro buscaba liberarse del compromiso adquirido con el rey castellano y aligerar la carga económica y militar que le suponía reforzar la frontera con Aragón. Las gestiones dieron su fruto y las guarniciones de las fortalezas y castillos fronterizos recuperaron la ocupación habitual en tiempos de paz.[170]​ Mientras que las tropas castellano-navarras, tras una maniobra amenazante sobre Zaragoza con la ocupación de La Almunia de Doña Godina y Cariñena que había inquietado seriamente al rey aragonés, reorientan su ofensiva hacia Teruel hasta asomarse al Mediterráneo en Sagunto (Murviedro). Tras asegurar la zona, el 21 de mayo se plantan delante de Valencia. Los asediados en Valencia, con el conde de Denia al frente, aguantaron ocho días de asedio. Sabedores que el rey aragonés acudía en su socorro «con todas las fuerzas disponibles» y que el ejército castellano había menguado en número al tener que guarnicionar las plazas tomadas, el conflicto entraba en una situación de equilibrio que hizo desistir a Pedro I de la toma de Valencia y optar por replegarse a Murviedro.[171]

Por la iniciativa del abad de Fécamp, colaborador en el pasado de Guido de Boulogne, se entablaron los contactos previos a las negociaciones de paz. Los propios navarros, primeros interesados en tal acuerdo, ejercieron una «eficaz labor mediadora que pronto rindió sus frutos. El infante Luis no dudó en entregarse como rehén en poder del Ceremonioso para que los embajadores aragoneses pudieran pasar al campamento castellano.»[170][172]

Tratado de Murviedro (1363)

El Tratado de Murviedro o Paz de Murviedro o Paz de Morvedre fue firmada entre Pedro IV de Aragón y Pedro I de Castilla el 2 de julio de 1363 en la ciudad de Murviedro (o Morvedre, la actual Sagunto). En la paz se estableció un reparto de territorios y varios matrimonios: «Castilla ofreció como garantía las plazas de Mur­viedro y Almenara, cuya guarda se encomendó a Martín Enríquez de Lacarra, en nombre del rey de Navarra; Aragón dio Ademuz y Castelfabib, que guar­daría el navarro Juan Ramírez de Arellano.»[172]

Aunque el tratado suponía una derrota para Aragón, fue Castilla la que se negó a cumplirlo. Cuando el 4 de agosto acudieron a Tudela todas las partes, como se había acordado, Pedro I de Castilla se ausentó y «preparaba más tropas para proseguir el acoso de Aragón.»[173]

El enfrentamiento continuaría con la ayuda de Pedro IV a los rebeldes castellanos de Enrique de Trastámara.[174]​ El rey castellano no mantuvo lo pactado y emprendió el asedio de Valencia en 1364.[175]

Por su parte Pedro IV de Aragón se atrajo a Carlos II de Navarra que resultaron en unas conversaciones secretas celebradas los días 25 y 26 de agosto en Uncastillo. Todo ello se tradujo en la firma de dos tratados tan generosos como irrealizables:[173]

  • Primer Tratado de Uncastillo, 25 de agosto de 1363. Principales acuerdos alcanzados:[176]
    • El rey de Navarra asumía el compromiso de hacer la guerra «contra el rey de Castilla y sus hijos, y Pedro IV contra el rey de Francia y los suyos.»
    • Se procuran el matrimonio de Juan, duque de Gerona y heredero de Aragón, con Juana, hermana del rey de Navarra, la cual llevaría la misma dote que se había dado a María, primera mujer del rey de Aragón. El hijo de este matrimonio heredaría el reino de Aragón aunque su padre hubiera fallecido antes que el rey.
    • Un matrimonio del infante Luis de Navarra en Aragón y tierras para que pudiera vivir dignamente.
    • El rey de Navarra recibía 30.000 florines en dos años para pagar al conde de Foix, Gastón Febo, la dote de su mujer, Inés de Navarra, hermana del rey Carlos.
    • El rey de Navarra recibiría también otros 200.000 florines además de otras cantidades a plazos.
    • El rey de Navarra recibiría 20.000 florines, una vez iniciada la guerra contra Castilla, para sus gentes de ar­mas; además él mismo recibiría otros 2.000 florines al mes, a pagar desde el mes de septiembre siguiente, aun cuando no se hiciera guerra expresamente.
    • El rey de Aragón socorrería al rey de Navarra con 50.000 florines y otras ayudas que se especifican si se iniciara una nueva guerra entre Castilla y Navarra.
    • Respecto a las conquistas mutuas recientes, Navarra conservaría Salvatierra y El Real, mientras Aragón lo ganado en territorio navarro.
    • Terminada la guerra con Castilla se empezaría la guerra contra el rey de Francia, a la cual el rey de Aragón ayudaría aportando el sueldo de 1000 hombres en verano y 500 en invierno.
    • Se entregaban mutuamente diversas plazas en rehenes, que serían devueltas una vez terminadas las guerras de Castilla y de Francia.
  • Segundo Tratado de Uncastillo, 26 de agosto de 1363. Principales puntos acordados «para repartirse entre ambos reyes el reino de Castilla si llegaban a conquistarlo.»[177]
    • Navarra recibiría «Burgos y toda Castilla la Vieja, So­ria, Agreda y el señorío de Vizcaya con otras tierras que antiguamente ha­bían sido del reino de Navarra.»
    • Aragón recibiría los reinos de Toledo y Murcia. Si el conde de Enrique de Trastámara se opusiera a ello, ambos reyes se unirían para obligarle.
    • El rey de Aragón también prometió que, si el rey de Castilla fuese muerto o apresado por el rey de Navarra y entregado a Ara­gón, «aquél recibiría en premio Jaca con todo el territorio de la Montaña y la Canal, más los castillos y villas de Sos, Uncastillo, Ejea y Tiermas,» y 200.000 florines.
    • El rey de Navarra cede­ría al primogénito de Aragón las senescalías de Carcasona y Bellegarde si ganaba el reino de Francia.

Estos acuerdos trasladaban más un mensaje de inquietud seria de Pedro IV de Aragón ante la actitud del rey castellano que de realismo. Más cuando Aragón estaba apoyando a Enrique de Trastámara en sus aspiraciones al trono castellano y estaba alojado en Sos, cerca del lugar de estos acuerdos. Con todo, y para disimular estos acuerdos, Luis de Navarra se dejó aprisionar por el conde de Ribagorza y, con ello, daban a entender la ruptura de la paz entre Navarra y Aragón.[178]

Enrique de Trastámara debió conocer, total o parcialmente, tales acuerdos ya que maniobró en septiembre anunciado su intención de volver a Francia con todas sus fuerzas (unos ochocientos jinetes). Pedro IV lo retuvo y mantuvo el 6 de octubre de 1363 una entrevista con él donde negociaron otros repartos y derechos. Incluso los reyes de Navarra y Aragón se comprometían a declarar la guerra a Pedro I y abonar, incluso, ciertas cantidades para sufragar las aspiraciones de Enrique de Trastámara. En definitiva, en poco tiempo, se habían vuelto las tornas y era Enrique «quien repartía mercedes a los que colaboraban en su empresa.»[178]

Batalla de Cocherel (1364)

Estas maniobras no pasaron desapercibidas. Los Valois actuaron rápidamente y recuperaron la iniciativa. Antes de partir de Londres Juan II ordenó al príncipe que decretara la incautación de las posesiones navarras en Normandía, encomendando a Bertrand du Guesclin la misión de hacer cumplir la sentencia. Mantes, Meulan y otras muchas plazas ubicadas a orillas del Sena quedaron sitiadas. El 8 de abril de 1364 Juan II muere en Londres, accediendo al trono el delfín con el nombre de Carlos V de Francia. Rápidamente las tropas que había reclutado Carlos II en Navarra y Gascuña alcanzaron Normandía e intentaron evitar la coronación de Carlos interceptándole camino de Reims.[179]

Las tropas de los dos reyes se encontraron en Cocherel, en las inmediaciones del Eure, el 16 de mayo de 1364. El comandante de los navarros era Juan de Grailly, vencedor del rey Juan en Poitiers; no obstante, su adversario era otro brillante militar, Bertrand du Guesclin.

Gracias a una hábil maniobra de rodeo las tropas de Grailly cayeron derrotadas en unas pocas horas. La aplastante victoria, obtenida por las tropas reclutadas con los impuestos votados por los Estados Generales de 1363, puso término a la guerra, restableció la autoridad real entre la población, y demostró que el dinero procedente de las elevadas cargas fiscales impuestas al pueblo tenía un importante efecto en el campo de batalla.[180]​ Sin más problemas, Carlos pudo ser coronado en la catedral de Reims el 19 de mayo de 1364. El nuevo monarca tomó entonces una decisión que marcó claramente su voluntad política: ordenó decapitar a todos los prisioneros capturados en Cocherel sin pedir rescate, evidenciando que cualquier súbdito que emprendiera una acción armada contra el rey sería considerado un traidor.[181]

Establecido en Pamplona, Carlos II de Navarra recibió la noticia de la derrota el 24 de mayo. Los soldados navarros que huyeron del campo de batalla lograron reagruparse y se retiraron a Auvernia, donde tomaron numerosas poblaciones, para después marchar sobre Borgoña, conquistando La Charité-sur-Loire en un ataque por sorpresa. No obstante, Felipe el Atrevido, duque de Borgoña, consiguió, con las tropas que estaba reclutando para derrotar a los mercenarios de las Grandes Compañías, derrotar a los navarros y retomar La Charité-sur-Loire.[182]

Aunque era evidente que con la derrota en Cocherel Carlos de Navarra había perdido su oportunidad de obtener la corona de Francia, aún conservaba numerosas e importantes plazas en Normandía —a excepción de Cocherel— empezando por la capital, Évreux. Carlos V presionó a Juana de Navarra para evitar que permitiera a su rival disponer de sus territorios y minar así la posición de Carlos;[183]​ no obstante, los navarros invirtieron la situación y, en el transcurso del otoño, recuperaron los dominios que habían perdido a manos de Bertrand du Guesclin.

La diplomacia de la reina de Navarra Juana (1365-1366)

El estancamiento llevó a Carlos V a negociar un tratado de paz con Navarra para poder centrar su política exterior en la expulsión de los ingleses de Francia.[184]​ Dado que Carlos V había entregado tales plazas a Du Guesclin, Carlos II renunciaba a Mantes, Meulan y Longueville y recibía a cambio el señorío Montpellier y recuperaba Evreux y Contentin. El rey de Francia trataba de alejar la cercana presencia del navarro a la Isla de Francia.[185]​ En el tiempo que duraron las negociaciones los navarros trataron de obtener un tratado de alianza perpetua con los ingleses; no obstante, la volubilidad de Carlos II de Navarra de la que ya habían sido víctimas, hizo imposible el acuerdo.[186]

Tratado de Pamplona-Saint Denis (1365)

En mayo de 1365, con el Tratado de Pamplona-Saint-Denis, Carlos de Navarra renunció a sus pretensiones a la corona de Francia. También disponía este tratado que Carlos II rindiera homenaje al rey de Francia. Se había concedido un respiro hasta la Navidad de 1365. Carlos V amplió este plazo el 2 de octubre de 1365 hasta la Pascua del año siguiente. Carlos II tomó los asuntos de Navarra como excusa para posponer su viaje, y es probable que enviara a su esposa a Francia para, en particular, apacientar a Carlos V por intercesión de su hermana. En la crónica de Garci López de Roncesvalles se precisa, al hablar de este viaje, que su objetivo era negociar la paz con el rey de Francia, por lo que tenía un objetivo político que trascendía las preocupaciones del parto de la reina. Juana permaneció en París del 7 al 25 de enero de 1366 y el 13 de enero cenó en Saint-Pol en compañía de su hermano Carlos V de Francia donde permaneció dos días más. Sin embargo, no hay constancia documental sobre la ampliación del plazo concedido para el pago del tributo pendiente, y durante los cuatro años siguientes el asunto quedó silenciado. Además, Carlos V amplió el envío de los fiscales que se reunirían con los de su cuñado en Aviñón para discutir con el Papa la suerte del ducado de Borgoña reclamado por ambas partes, en Saint-Jean-Baptiste de 1366, y Carlos fue informado de ello el 17 de marzo de 1366, tras la estancia de su esposa en París.

Tratado de Aviñón (1365)

En marzo de ese mismo año, en virtud del tratado de Aviñón, el rey navarro cederá al monarca de Francia sus posesiones en la zona meridional del valle del Sena, en Normandía —Mantes, Meulan y Longueville—, vitales por dominar el camino a la capital. A cambio Carlos V entregó a su primo el señorío y ciudad de Montpellier. La liberalidad del rey pronto se tornó en un regalo envenenado, pues los habitantes de Montpellier eran reticentes a estar sometidos al rey de Navarra.[187][185]

El poder de Carlos II en Francia decaía al mismo tiempo que aumentaba la tensión con Aragón, aliado de los Valois. Ambas circunstancias motivaron que Juana de Valois fuera enviada por Carlos II, a realizar tan largo viaje a Francia a finales de 1365. Acompañada de su cuñada Inés, y con la tarea de mediar ante su hermano Carlos V para entonces ya coronado como rey, Juana, en estado de gestación, comenzó los preparativos a principios de noviembre y salió de Pamplona el día 22 para llegar a Évreux un mes después, el 23 de diciembre. Realizó una breve estancia aquí (23-31 de diciembre de 1365) y se rodeó de las damas de Sacquenville y Peray, del consejo y de los burgueses del condado de Évreux para pasar la Navidad.[188][186]

El 7 de enero de 1366 partió hacia París con la tarea de reunirse con su hermano (13-15 de enero de 1366) tratando, sin éxito, aliviar a su marido de alguna de las duras condiciones que meses atrás, en el Tratado de Aviñón, Carlos V le había impuesto. En París permaneció hasta el 25 siguiente. En febrero regresó a Évreux, donde estuvo unos meses hasta el nacimiento del cuarto hijo, Pedro (5 de abril de 1366), y donde permaneció hasta el 2 de junio de 1366, que reemprendió el regreso a Navarra junto a Inés y los infantes. Pasando por Pont-Audemer, Lisieux, Caen, Bayeux y Saint-Lô, llegó a Gavray el 10 de junio donde permaneció hasta el día 13, y el 16 estaba en Avranches. Llegó al Mont-Saint-Michel el día 17 y abandonó el principado pasando por Bretaña para viajar por tierra hasta Navarra, pasando por Burdeos. Juana de Valois mantuvo una entrevista, junto a Juan de Grailly, Captal de Buch y lugarteniente de Carlos II en Francia, con el futuro Ricardo II de Inglaterra, entonces príncipe de Gales en Burdeos (2-3 de julio de 1366) buscando propiciar un acuerdo anglo-navarro como consecuencia de la victoria provisional de Enrique II de Trastámara en Castilla. Estas conversaciones las retomaría Carlos II en persona posteriormente tras recibir a Juana en el reino (11 de julio de 1366), en Saint-Jean-Pied-de-Port. Desde allí Juana continuó hasta Pamplona mientras Carlos se dirigía hacia Guyena.[188][186]

Señorío de Montpellier

En 1365, Carlos V concedió al rey de Navarra Carlos II la ciudad de Montpellier, a cambio de las villas de Mantes, Meulan y el condado de Longueville que le habían sido confiscadas y se habían declarado pertenecientes a la herencia perpetua al rey de Francia. Juan de Greilly, captal de Buch y lugarteniente de Navarra, se apresura a tomar, en nombre de su soberano, posesión de Montpellier en febrero de 1366 pero al mes siguiente nuevamente le fue arrebatada al rey de Navarra.[189]​ Carlos V «pretendía reducir la concesión tan sólo a la "parte nueva" de la ciudad, es decir, a la que había sido adquirida por Felipe VI» quedando la "parte antigua" bajo su control directo aunque el rey navarro reclamaba directamente las dos partes.[190]​ Estas dilaciones entre ambos reyes, al compás de la coyuntura llevará a que hasta 1372 Montpellier no sea considerada patrimonio real de Carlos II.[191]

El conflicto de Castilla

En Francia, Carlos V aprovechó el periodo de paz iniciado merced al cese de hostilidades que estipulaba el tratado de Brétigny -cualquier acción armada por parte de las tropas de Eduardo III anularía las cesiones territoriales que incluía el acuerdo- y a la victoria en Cocherel -que acabó con las pretensiones de Carlos de Navarra- para derrotar a las compañías y reactivar la economía. Para derrotar a los mercenarios rebeldes, y apoyándose en la creación de un nuevo impuesto, creó un ejército permanente que, encabezado por sus hermanos, iría reconquistando uno a uno todos los territorios que habían tomado los rebeldes. Su delicada situación hizo más sencillo persuadirles para que participaran en una cruzada en España costeada por el Papa, encantado de librarse de los mercenarios que ocupaban el valle del Ródano y extorsionaban a la ciudad de Aviñón.[192]

No obstante, el verdadero propósito de la expedición era muy distinto: Pedro IV y Carlos V emplearían a los mercenarios para deshacerse de Pedro I, rey de Castilla, que, aliado con Eduardo III, supondría una amenaza considerable para Aragón y pondría en peligro la reconquista de Guyena por parte de Francia. Bertrand du Guesclin sería el encargado de poner a Enrique de Trastámara (Enrique II), leal aliado de los Valois, en el trono de Castilla.[192]​ Carlos de Navarra decidió permitir a las tropas de du Guesclin transitar libremente por su territorio, e incluso les dio dinero para que marcharan más rápido. Los mercenarios que quedaron en Francia estaban muy debilitados y resultaron una presa sencilla para las tropas reales.[193]​ En Hommet (Cotentin) el capitán du Bessin rechazó cualquier acuerdo de paz con la guarnición navarra y ordenó matar a todos cuando se rindieran.[193]

Pedro el Cruel negoció el tratado de Libourne (1366) con el Príncipe Negro, en virtud del cual este se comprometía a prestar su apoyo al monarca castellano si costeaba la campaña; asimismo, intentó atraer a su bando a Navarra, que dominaba el territorio que debían atravesar las tropas de Eduardo de Woodstock para pasar a España. Para este último tener malas relaciones con los castellanos haría pesar una enorme amenaza sobre su reino por ello negoció una sólida alianza con Enrique II de Castilla en cuanto este asumió el poder.[194]​ Pedro le restituyó Sauveterre y Saint-Jean-Pied-de-Port,[195]​ le cedió las provincias vascas de Guipúzcoa y Álava, y le prometió una suma de 20 000 florines.[196]​ No obstante Navarra concluyó también un acuerdo con Enrique de Trastámara que le prometió una suma de 60 000 y la ciudad de Logroño a cambio de la promesa de bloquear los pasos pirenaicos a las tropas del príncipe de Gales. No obstante, Eduardo, consciente del cambio del navarro, atacó Navarra por el sur desde Calveley. Carlos II de Navarra reaccionó rápidamente e hizo saber al príncipe que el acuerdo con Enrique no era más que un ardid y que no cerraría los pasos.[197]​ Los soldados de Eduardo cruzaron Roncesvalles en febrero de 1367. Para no violar abiertamente el acuerdo que había concluido con Enrique de Trastámara ordenó a Olivier de Mauny que le tendiera una emboscada y le retuviera hasta que se resolviera todo el asunto.[198]​ El 3 de abril de 1367 el príncipe de Gales infligió una severa derrota a las tropas franco-castellanas en la Batalla de Nájera, lo que permitió a Pedro acceder de nuevo al trono.[199]​ No obstante, el monarca castellano, que había prometido recompensar a las tropas reclutadas por Eduardo, era incapaz de cumplir el trato, por lo que este último encabezó a sus soldados hacia la arruinada Aquitania y las disolvió.

Enrique aprovechó la situación para reclutar soldados más allá de los Pirineos. Además, Carlos V cumplió el tratado de Aigues-Mortes y puso de nuevo a su disposición a los mercenarios de las compañías y al comandante du Guesclin. Las tropas de Enrique de Trastámara conquistaron rápidamente los reinos de Castilla y de León y, en el mes de abril de 1367, pusieron sitio a Toledo. El asedio duró nueve meses, durante los cuales Enrique y Carlos V rubricaron el tratado de Toledo, en virtud del cual ambos se comprometían a mantener una paz estable una vez que el primero hubiera accedido al trono castellano. Pedro trató de rescatar la ciudad con una tropa compuesta de moros y judíos. Los dos hermanastros combatieron en Campo de Montiel (Castilla-La Mancha), donde Enrique Batalla de Montiel derrotó de manera aplastante a Pedro (13 de marzo de 1367). Tras la batalla Pedro y unos pocos hombres leales huyeron al Castillo de la Estrella.[200]

Desesperado, Pedro intentó ganarse para su causa a Beltrán du Guesclin, que, aparentando estar interesado por la propuesta, en realidad advirtió a Enrique. El militar llevó al monarca castellano a una tienda en la que se encontró cara a cara con su hermanastro. Puestos en presencia uno del otro ambos hombres trabaron un combate cuerpo a cuerpo. Aquí, sin mayor fundamento que lo apoye, la leyenda dice que intervino el militar bretón cuando parecía que Pedro iba a imponerse haciendo posible la victoria de Enrique y la muerte de Pedro I. Habría pronunciado la famosa frase “Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”.[201]

Con este deceso, Enrique se convirtió en el nuevo rey de Castilla con el nombre de Enrique II de Castilla; en consecuencia, la corona del reino pasó de manos de la Casa de Borgoña a la de Trastámara.

El Príncipe de Gales, que vino arruinado de Castilla, tuvo que instituir nuevos impuestos en Aquitania, lo que sería muy mal recibido por los territorios que habían pasado recientemente a ser controlados por los ingleses y que habían experimentado el cruel saqueo de las compañías. Jean de Armagnac rechazó el tributo y apeló a la Corte de Justicia de París, que aceptó responder a su recurso (3 de diciembre de 1368), lo que constituía un acto de soberanía por parte de Carlos V sobre Guyena.[202]​ De este modo se inició la reconquista de los territorios cedidos a los ingleses en el Tratado de Brétigny, que en gran medida respondió al rechazo de las ciudades aquitanas a los nuevos impuestos y a su adhesión a las promesas de Francia de cambiar la situación.[203]​ Los ingleses no tenían medios económicos como para oponerse a una guerra de asedios y poco a poco tuvieron que retroceder en todos los frentes por el ímpetu de los ejércitos franceses, hábilmente cohesionados y dirigidos, y experimentados por la guerra contra las compañías.

Conscientes de que las tropas de Enrique II y Carlos V rodeaban el reino de Navarra y de que los soldados del príncipe de Gales habían tenido que retirarse y estaban muy debilitados Carlos de Navarra tomó la iniciativa y volvió a Francia para rubricar el tratado de Vernon, en virtud del cual aceptó las condiciones de 1365 y, el 25 de marzo de 1371, rodilla en tierra, rindió homenaje a su primo y soberano por todos los territorios que poseía en Francia, algo a lo que siempre se había negado, y le prometió «fe, lealtad y obediencia»[204]​ Con este acto parecía que Carlos había renunciado a la corona de Francia, pero durante su estancia visitó Normandía, donde trató de negociar una tregua con las guarniciones gasconas que ocupaban sus plazas fuertes y saqueaban el país, comportándose como compañías.[205]​ Los continuos abusos de estos mercenarios, contra los que Carlos de Navarra no podía hacer gran cosa, habían hecho que Carlos V apareciera ante el pueblo como el protector y soberano de Normandía.

Viaje a Francia de 1378

Tras la derrota en Cocherel (1364), parecía que a Carlos II no le quedaría más remedio que renunciar a sus pretensiones al trono de Francia. No obstante, ese no era el único problema del rey navarro, pues, tras su victoria sobre Pedro I en Castilla, Enrique II pretendía dar un escarmiento a los que habían prestado apoyo a su adversario, entre los que se encontraba Carlos. El monarca navarro tuvo que pedir apoyo a los ingleses.[206]​ El rey Ricardo II vio rápidamente las posibilidades de esta alianza, ya que Navarra, que poseía el condado de Évreux y Cotentin. Podía, a cambio de tropas, poner a su disposición el puerto de Cherburgo. Ambos monarcas concluyeron un acuerdo en 1378, en virtud del cual Carlos II de Navarra cedería Cherburgo a Ricardo durante tres años a cambio de una tropa de mil hombres - quinientos arqueros y quinientos soldados.[206]

El acuerdo empeoró considerablemente las relaciones entre Navarra-Evreux y los Valois, cuyo principal escollo era la soberanía sobre Normandía. Carlos V estaba dispuesto a no tener en cuenta la vileza de Carlos mientras este aceptara ser vasallo del rey de Francia por sus posesiones normandas, lo que quedó establecido como base esencial de los acuerdos de 1371. No obstante, Carlos II de Navarra, que consideraba que le habían usurpado la corona de Francia, no podía tolerar que esta situación se prolongara.[207]​ Al abrir las puertas de Normandía a Ricardo II ponía en cuestión la soberanía del territorio, lo que Carlos V no podía permitir.[206]

En marzo de 1378, el conde de Foix, que disponía de una activa red de espías, advirtió a Carlos V que su primo Carlos II de Navarra estaba negociando un acuerdo secreto con los ingleses.[207]​ Carlos ordenó la detención del chambelán navarro —Jacques de Rue— cuando este visitó París. Carlos II, excluido de los asuntos de Francia desde 1364, ya no tenía, como en 1356, el apoyo de la nobleza normanda, pues ahora era al rey al que los habitantes del territorio consideraban su soberano.[208]​ La situación brindaba una excelente oportunidad a Carlos V para terminar de anular al navarro y recuperar la zona normanda. Para que todos aceptaran la transición era necesario desacreditar a Carlos II, por lo que Carlos V dio inicio a un proceso público[209]​ en el que Jacques de Rue reveló, además del pacto de Cherburgo, un proyecto de matrimonio entre Ricardo II y una princesa navarra, e incluso dio crédito a un rumor que decía que Navarra tenía intención de envenenar al rey.[210]

Las posesiones de Carlos de Navarra recibieron un contundente ataque, pues la traición y el regicidio eran considerados delitos imperdonables. En Normandía los hombres de du Guesclin tomaron Conches, Carentan, Mortain y Avranches.[206]​ Bernay, capitaneada por el secretario de Carlos, Pierre de Tertre, resistió un tiempo, pero ante el ímpetu de las tropas realistas acabó claudicando el 20 de abril. El día de la caída de Bernay era ocupada también Montpellier, cedida a Navarra en 1371. Cherburgo resistió y permaneció en manos de los ingleses. En la península ibérica los castellanos estaban preparados para marchar sobre Pamplona, capital del reino navarro.[211]

Todos los sueños de poder de Navarra terminaban con el ataque, pero el monarca navarro tenía que intentar limpiar la humillación que suponía el proceso que iba a iniciarse contra sus hombres y la revelación pública de sus crímenes. Carlos V, no obstante, intentó acercar posturas con los navarros reuniéndose con el infante Carlos en Senlis, quien, como señor leal, trató de exculpar a Jacques de Rue. El rey le anunció que aunque los castillos de su padre habían sido tomados no quedaría privado de las rentas de sus territorios.[206]

El proceso contra Jacques de Rue y Pierre de Tertre se abrió ante el Parlamento ese mismo verano.[209]​ A las declaraciones del chambelán se unieron numerosas pruebas que los soldados de Carlos V encontraron en Bernay: documentos codificados destinados a los ingleses, instrucciones destinadas a la defensa de las plazas normandas y una orden de no rendirse ante las tropas del rey. Los navarros proclamaron que actuaban por lealtad a su rey y rechazaron las acusaciones de traición y lesa majestad. Los jueces no aceptaron estos argumentos y condenaron a muerte a los dos hombres, que serían decapitados, sus cabezas expuestas en el patíbulo de Montfaucon, y sus miembros en ocho puntos de la capital.[212]

Compañías navarras en Albania y Grecia (1375-1378)

Por una parte, Luis de Navarra, incondicional al servicio de su hermano Carlos II, había realizado cuantas tareas le había encomendado, como el gobierno del reino de Navarra durante su ausencia (1361-1364) y del condado de Evreux (1364-1366). Había recibido de su hermano parte de la herencia dejada por sus padres, el condado de Beaumont-le-Roger, además de la castellanía de Anet que había tenido su fallecido hermano Felipe; Carlos añadía el castillo y la castellanía de Breval. Luis acepta la propuesta de Carlos a principios de 1364. Por otra parte, el tratado de paz de 1365 firmado en Saint-Denis entre Francia y Navarra tuvo una consecuencia ines­perada: la expedi­ción de una compañía navarra a Albania, su asentamiento en la Grecia continental —conquista de Tebas— y por último en la Morea o princi­pado de Acaya.[213]

Mediante el tratado se acordó el matrimonio del Luis de Navarra o de Beaumont, hermano de Carlos II, con Juana de Sicilia, duquesa de Durazzo, princesa de la casa de Anjou-Sicilia y here­dera del reino o principado de Albania.[214]​ El matrimonio había contado con el apoyo de Carlos V, que consideraba que tal acuerdo era una vía para perder de vista a Luis al tener que abandonar Normandía para instalarse junto a su esposa en sus dominios. No dudó en facilitarle un préstamo de 50.000 florines, dejando como señal Luis su condado de Beaumont-le-Roger junto con las castellanías de Breval y Anet (1366).[213]

En 1369 Luis ya se había desplazado a Nápoles, residencia habitual de su es­posa, cuya herencia tenía que ser defendida y aún reconquistada. Durante veinte años había estado en poder de su tía Juana, mal protegida y por muchos deseada. En 1362 el albanés Carlos Topia la asaltó, aunque sin éxito, a causa de una terrible peste que acometió a su ejército. En 1368, Carlos Topia se apoderaba de Durazzo, y ahora su recuperación era tarea del nuevo duque de Durazzo, Luis, que para ello solicitaba el apoyo de Carlos II, el rey de Navarra.[213][215]

En un primer momento hubo un acuerdo con un capitán de mercenarios, Ingeram de Coincy, que en 1372 se comprometió a alistar en Gascuña un escogido cuerpo de quinientas lanzas y quinientos la conquista del reino de Albania. Después, a fines de 1375, para el pago de cien hombres de armas Carlos II solicitó un préstamo de 24.000 libras, «por causa de la ayuda de nuestro caro hermano mossen Luis, duc de Duraz nos ha requerido... que le ayu­demos de ciertas gentes d’armas por conquistar el reyno d’Albania que le pertenesce por causa de su muger». Al año siguiente, en 1376, prosiguió reuniendo fondos, mientras entre febrero y junio de 1376 la compañía se trasladó en barcas y pontones desde Tudela hasta Tortosa para embarcar. Alcanzaban ya las cuatrocientas personas, incluidos víveres y armas.[216]​ El grupo financiado personalmente estuvo compuesto fundamentalmente por navarros de Ultrapuertos organizados en cuatro compañías que tenían al frente a los escuderos Juan de Urtubia y Garro, junto a Mahiot de Cocquerel, Pedro de Laxague, ambos camarlengos del rey de Navarra.[215][217]

Apenas desembarcan las compañías navarras y recuperan Durazzo, Luis fallece el 14 de agosto de 1376 en Bari. Con esta nueva situación, y sin fondos para regresar además de desligarse de la viuda, que se casa de nuevo esta vez con Roberto de Artois, las compañías negocian con Pedro IV de Aragón para ponerse a su disposición. Algunas regresan, como Pedro de Laxague,[217]​ pero el grupo principal se dirigen al principado de Acaya, en el Peloponeso, requeridos por Jaime de Baux, príncipe de Acaya, y se ponen al servicio de los hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén, cuyo gran maestre era Juan Fernández de Heredia, en el verano de 1378 durante ocho meses.[215]

Fin del reinado

Estas muertes marcaban la conclusión del duelo entre los dos Carlos con una clara derrota del navarro, que, tras haber traicionado a todos, tenía tantos enemigos que había quedado absolutamente aislado. Enrique II de Castilla, leal aliado del rey de Francia, lanzó un ataque contra Navarra, que tuvo que ceder una veintena de plazas para obtener la paz por el Tratado de Briones (1379).[218]​ La pérdida de sus territorios en Normandía y Languedoc le obligó a tener que buscar recursos entre el pueblo navarro, harto de costear las extravagantes aventuras de su monarca, que en nada les concernían.[218]​ Estalló una rebelión que sería contenida con moderación, lo que le valió el aura de respeto que rodeó los últimos años de su reinado.[218]​ Caía el más decidido rival de la dinastía Valois, quien, aislado, arruinado e impotente, vivió hasta su muerte (1387) de préstamos y limitándose a administrar su reino.[64]​ También pudo mejorar las relaciones con Juan I de Castilla, que apremiado tras la derrota en la batalla de Aljubarrota, reintegró a Navarra por el Tratado de Estella (1386) buena parte de las plazas ocupadas en 1379.[219]

Carlos de Navarra murió el 1 de enero de 1387. Según unos cronistas de la época, murió accidentalmente en extrañas circunstancias. Ese día el rey se encontraba indispuesto y se desmayó, por lo que su médico ordenó que le envolvieran en pañuelos empapados en coñac para reanimarlo. En el proceso un criado incendió los trapos, causando la muerte del monarca. En realidad, Carlos de Navarra estaba enfermo desde octubre de 1386 y, al parecer, murió de muerte natural.[220]

Carlos II dispuso en su primer testamento que si moría en Francia su cadáver fuese eviscerado —costumbre entre la monarquía francesa— y su cuerpo fuese enterrado en la Basílica de Saint-Denis, como correspondía a los Capetos, su corazón en Pamplona, y sus vísceras en Roncesvalles. De morir en Navarra, su cuerpo debía ser enterrado en Pamplona. Posteriormente redactó un segundo testamento en 1385, cuando había perdido casi todas sus posesiones francesas, en el que disponía que sus restos debían ser inhumados en tres sitios distintos de Navarra: su cuerpo en la catedral de Pamplona, su corazón en Santa María de Ujué y sus entrañas en la Real Colegiata de Santa María de Roncesvalles.[221]​ A pesar de que la práctica de la evisceración, muy popular en las últimas décadas, había sido prohibida en el siglo XIV por el papa, los soberanos de la casa de los Capetos, y después, sus sucesores en el trono, los Valois, mantuvieron esta práctica casi como un símbolo de su estatus, esquivando de este modo la prohibición papal. Ambos testamentos se conservan en el Archivo General de Navarra.[222]

Le sucedió su primogénito Carlos III el Noble, muy próximo a Carlos V. El heredero de Carlos II nunca pretendió la corona de Francia y mostró una inquebrantable lealtad a los reyes del país.

Balance del reinado

Administración

En 1987, la historiadora María Isabel Ostolaza Elizondo, tras un estudio de la administración del reino durante este período hacía un pequeño balance.[225]

  • En la política europea, «no pudo ser más lamentable» afirmaba. «Ningún rey de Navarra arriesgó tanto y tuvo tantas bazas en sus manos durante los años 1350-1361, para obtener unos resultados tan negativos.» Dentro de este panorama, en lo relativo a la "cuestión francesa" «si algo quedó a salvo, según un esquema de valores hoy desprestigiado, fue el honor de las tropas navarras, que mantuvieron su lealtad, y defendieron con éxito en muchos casos, las fortalezas y plazas a ellos encomendadas en Normandía.»[225]
  • En la política peninsular, se asumieron muchos riesgos y se generaron graves problemas ya que «las guerras peninsulares se desarrollaron con frecuencia en las fronteras de Navarra. El pequeño reino, se vio en serio peligro de convertirse en tierra de despojo, repartida por sus vecinos, en el juego de alianzas y componendas que jalonaron los años de la guerra civil entre Pedro el Cruel y su hermanastro Enrique de Trastamara.»[225]
  • En la gestión administrativo, la investigadora no duda de que «el reinado de Carlos II puede considerarse brillante y novedoso. Se reorganizaron las instituciones, se pusieron al día las reformas iniciadas por los primeros Evreux, se crearon mecanismos generadores de nuevos ingresos fiscales. En definitiva, se modernizaron los organismos, sobre todo los de gestión económica.»[225]
  • El engranaje de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) impulsado por el control fiscal ejercido «por la Cámara de Comptos, ante cuyos oidores debían rendirse las cuentas del reino» permitió desarrollar las actividades de gobierno como una maquinaria administrativa bien ensamblada «que comenzaba a funcionar de manera eficaz desde la entronización de los Evreux, llegó a su perfección con Carlos II, hasta el punto de que podría considerarse su reinado, como el de la organización moderna del Estado.»[225]

Mecenazgo artístico y cultural

Respecto a su mecenazgo en manifestaciones culturales y artísticas durante su reinado, el profesor Javier Martínez de Aguirre observaba en 1987 que había «un punto de inflexión en lo que respecta a los intereses del monarca, determinado por el embarque en 1361 con destino a tierras navarras» fecha que, consideraba, servía «para delimitar un primer período "francés" y un segundo "navarro"», con varias salvedades que a continuación exponía. La fecha está asociada al testamento que realizó antes de embarcar que contrasta con un segundo testamento realizado más tarde, en la década de 1380. Deja también claro este investigador que no pretende «afirmar que con posterioridad a esa fecha descuidara la promoción artística del condado de Evreux y sus otras posesiones ultrapirenaicas, ni que antes no hubiera mostrado interés por el territorio cuya corona portaba, sino que existe, como en otras facetas de su trayectoria, una progresiva «navarrización» que afecta a todo su quehacer y se manifiesta de modo evidente en lo que a realizaciones artísticas se refiere.»[226]

Viejas y nuevas prácticas de gobierno

Durante la unión a la Francia capeta, la corona de Navarra de facto conforma un “principado” bastante singular gobernado por un príncipe francés… del Norte. Este el contexto regio cambia en 1328 con la llegada de los nuevos monarcas. Desde 1234 la corona navarra, por vía femenina, había recaído en príncipes franceses, con la llegada de la Casa de Champaña. Tras ellos vendrían la Casa de los Capetos, también por vía femenina: la reina Juana I (hija de Enrique I de Navarra y Blanca de Artois) casará con el rey Felipe IV de Francia. Desde 1305 (muerte de Juana), y sobre todo desde 1316 (muerte de Luis I, X de Francia), la irregularidad sucesoria marca la situación política de Navarra que se cierra en 1328 donde ambas coronas seguirán rumbos propios. Con los reyes de la Casa de Champaña se inauguró este nuevo sistema de ausencias y designación de sustitutos (senescales, gobernadores). Las cifras son conocidas. De la Casa de Champaña el tiempo de ausencia durante su reinado fue:[228]

  • Teobaldo I un 60%;
  • Teobaldo II un 80%
  • Enrique I un 60%.[229]

Con la Casa de los Capetos, en más de 50 años solo uno se trasladó a Navarra durante 4 meses, en 1307. Durante esta etapa la gestión del reino era equiparable con cualquier otro espacio del dominio regio francés. Se produjo una anulación práctica y progresiva de la realeza propia, por más que la historiografía navarra haya insistido en la separación de reinos y jurisdicciones y la sola unificación de la persona regia. Estas circunstancias explican, en buena parte, la rebeldía de las fuerzas sociales del reino, particularmente en los años finales del siglo XIII y primeros años del XIV: el proceso que desemboca en el llamado “golpe de estado” de 1328. Lógicamente, también explican el recelo y la complejidad social y política que afrontan Juana II y Felipe III en aquel momento donde recogen una realeza herida, dañada pero no tanto por el derecho la sucesión, como por el deterioro que la institución regia misma había sufrido en el último siglo, particularmente para las dos generaciones previas a 1328.[230]

Cuando llega la Casa de Evreux se enfrenta principalmente a tres contratiempos:[230]

  • una seria fractura social con total falta de sintonía entre la realeza y la clase nobiliaria por el intenso deterioro padecido durante la etapa anterior.
  • un desconocimiento de la realidad del reino recién heredado aunque aunque los resortes de gestión reforzados por los champañeses e intensamente engrasados por los Capeto los provean de medios adecuados para conocerla.
  • una urgente necesidad de estabilidad porque son señores de otros principados relevantes en Francia, esencialmente el condado de Evreux, estratégicamente situado entre París y la costa atlántica.

Por otra parte, cuentan con otras tres ventajas sustanciosas:[230]

  • La primera, y más contundente, una legitimidad incontestable: Juana es la señora “natural”, la que “debe reinar”, como señalan los textos ligados a las etapas de acceso al trono y emanados de las asambleas que han debatido la sucesión.
  • La segunda es la presencia misma de los reyes: aunque ambos inician las negociaciones a través de delegados pronto se presentan en el reino (mayo de 1329) iniciando un proceso de reinstalación regia que hasta 1361 tendrá aún grandes vaivenes pero ofrece una imagen más cercana a sus súbditos. Carlos II al inicio de su reinado se acerca brevemente para esa toma de contacto donde aún experimenta la fractura social. Véase La justicia de Miluce (1351).
  • Finalmente, cuentan con instrumentos de gobierno eficaces, pulidos durante todo en el período capeto, marcando una diferencia relevante respecto a los champañeses un siglo antes.

Estas cuestiones sirve de base para explicar:[230]

  • el nuevo lenguaje político que adoptan expresado esencialmente en las intitulaciones y las justificaciones de la acción regia.
  • la atención a cuestiones suntuarias: escenarios de la majestad, ceremonial, proyecciones de la imagen regia en sellos y monedas, embellecimiento y enaltecimiento de los escritos esenciales de la corona.
  • el cuidado prestado al el entorno personal destinado al prestigio propio y de la corona: hostales, séquito, actividad de la corte regia.

Sobre un epíteto póstumo: el Malo

El uso de números regnales es reciente y en aras a distinguir los casos de homonimia entre reyes y otro tipo de autoridades como papas, nobles, etc. Obviamente hay usos diferenciados entre países. Antes de la implantación de este uso más neutral y objetivo, se hacían tales distinciones utilizando epítetos o motes. Desde época del imperio egipcio y helénica hay constancia de tal uso.[231]

Siguiendo la historiografía son numerosos los investigadores que durante el último siglo han abordado la cuestión acerca de este epíteto. La historiografía reciente, tanto francesa como española, ha abordado a menudo el tema de este apodo buscando fundamento objetivo y razonable que explicara su razón de ser. Así lo afirma Bruno Ramírez de Palacios, autor de una de las biografías más completas y recientes sobre este monarca, cuando dice que es «solamente a fines del siglo XX que Carlos II comenzó a ser objeto de un juicio más matizado.»[232][233]

Suzanne Honoré-Duvergé fue una de las primeras investigadoras en abordar esta cuestión realizando un breve estudio sobre el tema. Literalmente afirmaba:

El valor de esta afirmación cobra fuerza al tener presente la notable abundancia de cronistas, a favor y en contra, existente para relatar los hechos de este período.[235]​ Los interrogantes sobre este asunto, en su caso, se remontan ya al año 1935 cuando los plantea, también inicialmente, en un breve artículo sobre uno de los primeros hechos más controvertidos de su reinado, la Justicia de Miluce (1951) como habitual y comúnmente se denomina:

En este mismo artículo asienta ya el origen del epíteto que más abajo se explica. En 1967, André Plaisse, en su biografía sobre esta figura, siguiendo esa estela de Honoré-Duvergé, comienza su obra afirmando precisamente el asunto:

El historiador francés, que ya ha titulado el capítulo de forma evocadora "Legende noire et realité historique", busca abordar un "juicio" inicial sobre el asunto que, antes de abordar, asombrado ante la indiferencia de los vecinos de Evreux sobre su historia, se pregunta:

Ese mismo año, en Navarra, el archivero, historiador y médico, José Ramón Castro Álava, publicaba su extenso trabajo sobre Carlos III el Noble, rey de Navarra en el cual realizaba una amplio capítulo introductorio, de unas cien páginas, sobre Carlos II, rey de Navarra, hace alusión a la cuestión:

Pocos años, en 1972, después otro historiador navarro, José María Lacarra, en su vasto y completo recorrido por la Historia política del Reino de Navarra, hacía su aporte como colofón al centenar largo de páginas dedicadas al monarca navarro:

Lejos de una exposición más metódica y exhaustiva, mencionar tan fugazmente con ella misma hace, a Beatriz Leroy cuando, como todos los anteriores, se remite a Honoré-Duvergé y zanja el asunto cuando afirma:

Origen y difusión

Será siglo y medio después un cronista de España, Diego Ramírez de Ávalos de la Piscina, quien le llame «el Malo» por haber reprimido ferozmente una sedición en su primera visita a Pamplona (Miluce, 1351) donde participó un antepasado del cronista. Contundente, afirma Honoré-Duvergé:

Añade que, por las circunstancias políticas entre España y Francia de esos siglos, no dudan en asentar el apodo sin poner en duda su fundamento.[241]

Genealogía

Pretendiente al trono de Francia

Carlos de Navarra era nieto de Luis X, cuya muerte (1316), acaecida solo dos años después de la de su padre Felipe IV (1314), puso término al llamado «milagro capetiano»: en el periodo comprendido entre 987 y 1316 los reyes capetos siempre habían tenido un heredero al que transmitir la corona a su muerte.

De su primera esposa Margarita de Borgoña, condenada por adulterio,[g]​ Luis X no había tenido más que una niña, Juana de Navarra. A su muerte, su segunda esposa esperaba un niño, Juan I el Póstumo, que únicamente viviría cinco días. Fallecido Juan, la heredera directa del Reino de Francia pasaba a ser Juana de Navarra, una niña de cinco años.[243]​ En ese momento se tomó una decisión cuya importancia reside en que volvió a aplicarse cuando se planteó de nuevo la cuestión dinástica en 1328; el adulterio de la madre de Juana suponía el riesgo de que cualquier noble se rebelara con el pretexto de que la reina era bastarda,[244]​ por lo que se consideró que el hermano del rey, Felipe de Poitiers, un caballero aguerrido e instruido en materia real por su padre, era el más adecuado para asumir la regencia. La situación terminaría con la muerte de Juan el Póstumo, momento en el que Felipe accederá al trono, completando la exclusión de Juana.[243]

La ley sálica no fue invocada en la elección del nuevo rey de Francia.[245]​ Al revisar, antes de su muerte, el estatus del infantazgo de Poitou que establecía que «en ausencia de heredero varón, la corona volvería a Francia»,[246]​ Felipe IV se había cuidado de introducir la «cláusula de masculinidad» para reforzar las posesiones de los Capetos uniendo a la corona feudos de sus vasallos que no tenían herederos varones. No obstante, no será hasta 1356, cuarenta años después de la controversia dinástica de 1316, que un benedictino de la abadía de Saint-Denis que estaba en posesión de la crónica oficial del reino, invocó esta ley para reforzar la posición del rey de Francia en el duelo propagandístico que libró con Eduardo III de Inglaterra.[247]​ La ley sálica databa de los tiempos de los francos y estipulaba que las mujeres debían ser excluidas de la «tierra sálica».

No obstante, Juana no estaba completamente aislada. Su tío, el poderoso duque de Borgoña, lideró la coalición de descontentos, dispuestos a conspirar con los rebeldes de Flandes. Para calmar a los sediciosos se concedió a Juana una renta de 15 000 libras con la condición de que renunciara a Navarra y a Champaña cuando cumpliera doce años.[248]

Tras el corto reinado de Felipe V, muerto sin heredero varón, será su hermano menor Carlos IV quien, aprovechándose del precedente que había sentado Felipe, obtendrá la corona. No obstante, este reinado también terminará pronto con la prematura muerte de Carlos, lo que provocó la reaparición de la cuestión dinástica: Juana de Navarra no tenía heredero varón –Carlos de Navarra no nacería hasta cuatro años después (1332)– pero del matrimonio de Isabel de Francia con Eduardo II de Inglaterra nació Eduardo III. Isabel intentó hacer valer los derechos de Eduardo, pero será Felipe de Valois —cuyo padre era Carlos de Valois, hermano de Felipe IV— el que acceda al trono.[246]​ Esta decisión era tanto una decisión geopolítica como una expresión de la naciente conciencia nacional, y daba cuenta del rechazo a ver a un extranjero casado con la reina y administrando el reino.[249]​ Los pares de Francia eran reticentes a dar la corona a un rey de otro país.[250]

En 1328 la elección de Felipe VI era la más lógica si se quería evitar que Eduardo III obtuviera la corona de Francia. No obstante, en retrospectiva, el heredero más directo por vía materna era Carlos de Navarra, pero no nacería hasta 1332. Descontento con la decisión, Carlos tratará de hacer valer sus derechos durante toda su vida, convirtiéndose en un implacable rival para los Valois.

Derechos sobre Angulema, Champaña, Brie y el ducado de Borgoña

Cuando alcanzó la mayoría de edad, Juana tuvo que haber renunciado a Navarra, Champaña y Brie, pero Felipe IV había adquirido estas tierras de su esposa Juana I de Navarra y Juana era su heredera más directa —en el caso de Navarra la ley sálica no tenía vigencia— por lo que no podía excluirse a Juana de la sucesión real. Juana estaba casada con Felipe de Évreux y pudo contar con el apoyo incondicional de los barones navarros, que rechazaron que el reino se convirtiera en una mera provincia administrada a distancia por el rey de Francia. Felipe VI tuvo que transigir: en abril de 1328 Navarra fue concedida a Juana, pero no Champaña[60]​ y Brie, pues la posesión de dichos territorio convertiría a los navarros en un partido demasiado poderoso. En compensación los Évreux aceptaron un trato: obtuvieron el condado de Mortain,[60]​ una parte de Cotentin y, en Vexin, Pontoise, Beaumont-sur-Oise y Asnières-sur-Oise. La promesa de ceder el condado de Angulema[251]​ no[60]​ se cumplió y Carlos II pudo hacer valer sus derechos para reivindicar Champaña y Brie.

Por otro lado Eudes IV de Borgoña no tenía heredero, y, en caso de muerte, este ducado debería pasar a Carlos de Navarra en virtud de las leyes de primogenitura, pues este era nieto de Margarita de Borgoña, cuyo padre era el duque Roberto II.

En resumen, Carlos de Navarra era heredero de la corona de Navarra y de las posesiones normandas de los Évreux, pero también podía reclamar la corona de Francia, el ducado de Borgoña en el caso de que Felipe de Rouvre muriera sin descendencia, y Champaña y Brie si no se le restableciera el Condado de Angulema.

Descendencia

De su matrimonio con Juana de Francia, hija de Juan II y Bona de Luxemburgo, con la que se casó en 1352 nacieron:[252]

  • Carlos III el Noble (1361-1425), heredero del trono de Navarra.
  • Felipe de Navarra (1363-¿?)
  • María de Navarra (Puente la Reina, c. 1364/5-d. 1420), casada en Tudela en 1396 con Alfonso de Aragón el Joven, II duque de Gandía, II conde de Denia y III conde de Ribagorza, sin descendencia.
  • Pedro de Navarra (1366-1412), conde de Mortain, casado en 1411 con Catalina de Alençon; sin descendencia legítima.
  • Isabel (c. 1367/1368- antes de 1376), entregada al Monasterio de Santa Clara de Estella.
  • Blanca de Navarra (1369-1385). Estuvo prometida al joven rey Ricardo II de Inglaterra, pero no se pudo culminar el matrimonio por la guerra de 1378.
  • Juana de Navarra (c.1370-1437), casada en primeras nupcias con su primo Juan IV de Bretaña, y desposada después (1403) con Enrique IV de Inglaterra.
  • Bona de Navarra (1373-1383).

Fuera del matrimonio tendría con Catalina de Lizaso:

  • Leonel de Navarra (c. 1376-1413), caballero, I vizconde de Muruzábal, casado con Elfa de Luna, tuvo cinco hijos fuera de matrimonio.
  • Juana de Navarra (?-1413), casada en 1378 con Johan de Béarn, escudero, capitán del castillo de Lourdes en Bigorre; era en 1381 vasallo de su padrastro por su feudo de Murillo el Fruto.

Ancestros

Notas

Referencias

Bibliografía


Enlaces externos

  • Wikimedia Commons alberga una categoría multimedia sobre Carlos II de Navarra.
  • «Carlos II de Navarra (Charles II de Navarre, dit Charles le Mauvais)». 
  • Rubió y Lluch, Antonio. «"Los navarros en Grecia y el Ducado catalán de Atenas en la época de su invasión"». Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Consultado el 17 de febrero de 2024. 

Text submitted to CC-BY-SA license. Source: Carlos II de Navarra by Wikipedia (Historical)



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